Premonición macabra

Parecía que no, Cristóbal, pero al final ha sido que sí. Me refiero a las víctimas del tráfico durante la Semana Santa. Llevábamos semanas viendo esos anuncios en los que una telefonista anticipaba que iba a haber cien víctimas y, si te digo la verdad, hasta me había creído que al final serían menos, que con la advertencia de los ciento cinco muertos del año pasado que hemos visto en los carteles electrónicos de las autopistas, este año la cifra se reduciría, aunque fuera sólo un poquito. Pero no. Lo que me pasa es que soy un iluso, y no pierdo la inocencia aunque al conducir por una autovía se me pegue al culo un tipo con mucha prisa, dándome ráfagas con las luces como si le fuera la vida en llegar cinco minutos antes. Ya te digo, un iluso a pesar de ver adelantamientos en cambio de rasante, en línea continua, al tiempo que el conductor está hablando por el móvil. Yo no sé a ti, Cristóbal, pero a mí no me parecen todas las víctimas iguales, es más, muchos de los que han caído tal vez no merecererían el nombre de víctimas. Me refiero, claro, a esos que juegan con la vida de los demás, saltándose las normas y el respeto. Y es que, he llegado a la conclusión, Cristóbal, en el respeto es donde está la clave del asunto, que al final esto de conducir tiene más que ver con el respeto y con la educación que con aprenderse las normas que dicta el Código de Circulación, que saltarse un semáforo en rojo o adelantar en una línea continua no es muy diferente a abrir la ventanilla del coche y vaciar el cenicero o tirar el envoltorio del bocadillo en plena calle. Pero bueno, de los guarros hablaremos otro día, porque oportunidades para hablar de ellos, de los guarros, no nos faltarán, por desgracia. Tal vez será que España es un país latino y caótico, y una de las desventajas que tiene vivir en un país latino y caótico, por mucho que quieran inculcarnos con anuncios, es una falta de respeto incluida en los genes, como una marca de fábrica que desprecia las normas establecidas y algo tan fundamental como es el civismo. Ya te digo, se trata de un problema de educación, porque, como te decía antes, Cristóbal, es en los pequeños detalles de los conductores en los que uno se da cuenta de que las campañas para prevenir los accidentes no van a servir para nada. A mí me gusta mucho una frase de Winston Churchill, Cristóbal, que decía que la democracia no era más que si el timbre de tu casa sonaba al amanecer sólo pudiera ser el lechero. Fíjate que reflexión tan simple y tan rotunda al mismo tiempo. Pues con el tráfico y los accidentes pasa lo mismo: habrá menos accidentes, estoy seguro, cuando no haya que recriminar a nadie por vaciar el cenicero en un semáforo, cuando nadie nos dé una pitada porque nos hemos parado en un paso de peatones, o mejor, cuando una pareja de ancianos no tenga que dar las gracias a un conductor impaciente que cumpla su obligación y pare su coche para dejarlos pasar.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2006


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