Superguay

Cristóbal, qué quieres que te diga. Pues te voy a decir la verdad. A mí, a estas alturas, me duelen los oído ya. Y estoy harto, te lo tengo que contar, querido amigo, porque voy a reventar, de la palabra super, de la palabra guay, y de la gente que está todo el día con el puñetero súper en la boca, cansado de la gente que la única manera de expresar su admiración por algo es con la palabrita guay, y, bueno, espérate, que hay mucha gente, seguro que tú también te toparás con más de una docena cada día, cuya máxima expresión de felicidad es, superguay.
 Yo antes creía que era por los planes de estudio, ya sabes, por esos libros de texto que ahora parecen tebeos y que dado como hablan los jóvenes no deben de servir para mucho. Pero será que me voy haciendo viejo y cada vez me estoy volviendo más cascarrabias, Cristóbal, porque hay gente no tan joven, gente con estudios y con trabajos envidiables que ha olvidado que se puede decir el muy de toda la vida para matizar que algo es más que bonito, por ejemplo, en lugar de superbonito, o superchulo, o supermegaguay, ya que estamos. Y el colmo de la expresión, Cristóbal, es que cuando algo no te gusta nada o simplemente quieres decir que te importa tres cojones, lo más normal, si no quieres que te tomen por un bicho raro, es decir que lo que sea te gusta superpoco.
 Hasta en un libro de instrucciones, querido amigo, leí que no sé que artilugio era superfácil de montar, así, con todas las letras. Superfácil. Como si fuera mi sobrina, que tiene diez años y a la que ya le he explicado que no se debe abusar de la palabra súper, la que redacta los libros de instrucciones de los electrodomésticos. Así que nada, que entre el calor que estamos pasando y hablando así corro el peligro de que se me superreblandezca el cerebro. Así que me superdespido, Cristóbal, que sí, que la separata termina aquí. ¿A qué ha sido superguay?

 © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2007

Emitido en Punto Radio el 6 de julio de 2007

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