Qué país tan puñetero
Lo reconozco. Yo también soy de los que ha criticado a Vicente del Bosque
por no alinear a Negredo o a Fernando Llorente desde el primer minuto en
la mayoría de los partidos que ha jugado la selección hasta ahora en la Eurocopa.
Es una frase manida pero no falsa que dentro de cada español habita un
seleccionador nacional. Lo mío tiene aún más delito: apenas entiendo
de fútbol. De niño nunca me gustó darle patadas al balón en el recreo y sólo de
mayor he descubierto que puedo disfrutar viendo ciertos partidos, casi siempre
cuando tienen alguna trascendencia, pero de una forma social: con algunos
amigos, con la familia casi siempre. Lo mismo que ir al cine o disfrutar de una
agradable tertulia en la sobremesa. Supongo que no soy el único, y por
raro que te creas terminas dándote cuenta de que hay mucha más gente de la que
imaginas a la que le sucede exactamente lo mismo que a ti.
No sé que pasará mañana ―en realidad hoy, dada la hora a la que tecleo
esta entrada― con Portugal. A lo mejor criticaré a Del Bosque aunque no tenga ni
puñetera idea de fútbol si perdemos o si ganamos con apuros. Pero basta echar
un vistazo a cualquier foro de la prensa deportiva estos días para comprobar que la mala
baba o el oportunismo ideológico, por desgracia, son más habituales de lo que me gustaría: los
del Madrid sacando pecho y ninguneando a los del Barça porque los suyos están
tirando del carro; los del Barça recordando, no sé si acertadamente, que el
mérito de haber ganado una Eurocopa y un Mundial se lo debemos al indiscutible
poderío azulgrana. Algunos españoles prefieren que gane Portugal porque la estrella se
llama Cristiano Ronaldo y juega en el Madrid y eso escocerá a los culés. Otros (españoles también) querrían que perdiera
España, pero, si no puede ser, no hay problema: también celebrarían que
perdiese Portugal porque así Cristiano Ronaldo ―del Madrid, insisto― tendría
menos posibilidades de obtener el Balón de Oro.
Pero quiero pensar que la mayoría desea lo mismo que yo: que España
gane, aunque sea por uno a cero y de penalti en el último minuto. Quiero pensar que la pasión
futbolera no es muchas veces un reflejo de lo miserables o egoístas que podemos
llegar a ser. O estúpidos, porque nos vale quedarnos tuertos con tal de que el
otro ―el que piensa distinto― se quede ciego. No sé si en Alemania, en Italia o
en Portugal pasa lo mismo. Escucho hoy en la radio que algunos periodistas
deportivos de estos países comentan extrañados ―o quizá no tan extrañados
porque quizá sepan bien lo puñetero y lo jodido que es muchas veces ser español (Spain is different. Joder, me cuesta recurrir al tópico, pero es que es verdad, y casi nunca para bien)― que
a pesar del talento innegable de nuestra selección no estamos contentos y,
aunque objetivamente ―los números cantan― somos favoritos, parece como si
estuviéramos afilando los cuchillos esperando un patinazo de los nuestros.
Esto es España. Para lo bueno y para lo malo.
© Andrés Pérez
Domínguez, junio de 2012


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