La feria de las vanidades



         Quienes me conocen saben que huyo de las reflexiones grandilocuentes sobre este oficio. Esto es: me parece una estupidez decir que uno escribe para cambiar el mundo, o tonterías más propias de los cuadernos de un adolescente. Hay que ser muy osado para pensar que cuando te inventas una historia vas a contar algo que nadie ha contado antes o acaso tú lo vas a hacer mejor o más interesante. Basta acercarse por cualquiera de las ferias del libro que se celebran estos días para que un escritor se formule preguntas incómodas después de ver tantas novelas esperando a ser compradas y a bastantes autores que, con tal de promocionarse, parecen vendedores de biblias en lugar de escritores. Hay más vendedores de biblias que escritores de biblias, bromeaba conmigo un escritor el otro día cuando hablamos sobre el asunto.
         Mirando atrás, recuerdo que lo que me empujó a escribir (hace dos décadas ya, joder, cómo pasa el tiempo), era la ilusión de contar historias, a mí manera, hacerlo lo mejor posible, comprobar si sería capaz, la curiosidad y la esperanza de que algunos lectores se interesaran por ellas y, sobre todo, que mi familia y mis amigos se sintieran orgullosos de mí. En realidad, para escribir sólo hace falta tener una historia que contar. Entonces, igual que ahora, mucha gente se acercaba a este oficio porque ver un libro con tu nombre en la cubierta prestigia mucho socialmente. Supongo que poner la palabra escritor cuando tienes que rellenar un formulario debe de dar un subidón. A mí no me gusta hacerlo, y me sorprende que tanta gente a la que supongo que por vergüenza o por ignorancia nadie le señala las faltas de ortografía se adjudique tan alegremente la palabra escritor en las redes sociales y te escriba llamándote colega, como si te conociera de toda la vida y te pasara la mano por encima del hombro.
         Mi amigo, el escritor con el que hablaba el otro día sobre el asunto, me decía, con la misma sencillez aplastante que uno observa en sus libros, que lo único que nos compromete es nuestro deseo de escribir, de escribir bien, de escribir hoy mejor que ayer. Yo añadiría, al menos en mi caso, el amor propio, la tozudez que lo empuja a uno a terminar lo que ha empezado (igual que aprender idiomas, vender casas o muebles —ninguno de los tres ejemplos es gratuito: los conozco bien—), aunque no tenga sentido, poner la palabra fin después de escribir seiscientas páginas, exhausto, jurándote en falso que será la última vez que malgastes tu vida en inventar las de otros. Eso es escribir. Nada más. Nada menos. A todos los escritores que conozco y admiro les pasa lo mismo.
        
  © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2013

Comentarios

  1. Facebook parece un mercadillo de venta de libros al peso. Raro el día que alguien no te invita a que le des un " me gusta" a su página. O que te solicitan " amistad". Amablemente envías un mail preguntando quien y por qué te envía la solicitud.
    A veces ni te responden, pero la mayoría te dice: "Soy escritor/a y te animo a que leas mis libros, seguro que te gustan. De paso si puedes escribe una reseña sobre la novela. ¡ Ahh, ¿que no la tienes? - que raro- pásate por ...y la descargas por un precio de risa...
    Risa es lo que me da, y lo que me quitan son las ganas de leer nada de lo que escriben y promocionan, unos cuantos de estos "escritores".
    En fin voy a comenzar a hacer lo mismo con mi C.V. A ver si hay suerte y después cuento en un libro la aventura que me ha supuesto.
    Y me forro. Y me hago " escritora".

    ResponderEliminar
  2. Tienes toda la razón, Ivanna. Gracias por tu comentario

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

El payaso Trump