Homosexuales en Rusia
Yo pertenezco
a una generación cegata en la que la homosexualidad todavía se entendía como
una anomalía y en la que eran (todavía lo son, por desgracia) frecuentes los
chistes sobre maricones o las bromas o el desprecio discreto o abierto hacia
los de la acera de enfrente. Afortunadamente, las cosas han cambiado y quienes
empezamos a ir al colegio en los últimos años de la dictadura nos hemos habituado
a ver a hombres paseando cogidos de la mano, besándose como cualquier pareja,
por muy raro que nos pareciera hace años. Pero la culpa de esa extrañeza es
nuestra, o de quienes nos educaron. Y quienes no se hayan acostumbrado o les
moleste es su problema, por haberse quedado atascados en algún momento de hace
décadas y tal vez ya no poder salir nunca. Peor para ellos.
En Rusia
parece que ser abiertamente homosexual es una actividad de riesgo. Ciertos
energúmenos se encargan de secuestrar, dar palizas, torturar e incluso matar a
los homosexuales. Lo que pone los pelos de punta es que muestran sus caras
abiertamente, con la impunidad chulesca de quien se sabe un botarate y además
presume de serlo. Decía el gran Manuel Chaves Nogales en un libro que he leído
hace poco que en Rusia siempre había advertido un fondo de barbarie mal
disimulado por una capa superficial de cultura europea. Cito de memoria, pero el
mensaje era más o menos ése. Lo escribió el periodista sevillano hace ochenta y
tres años, y eso que no había visto a estos guardianes de la moralidad presumir
de sus hazañas en Youtube.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de
2013

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