
Quizá porque este país se
despeña cuesta abajo y sin frenos y ahora los jóvenes tienen que hacer las
maletas para buscarse la vida, me da la sensación de que se piensa menos en los
inmigrantes, los que vienen desde algún país africano después de atravesar el
desierto y el estrecho. Pero siguen ahí , aunque no nos queramos dar cuenta.
Ayer los vi otra vez, en el telediario, mostrando a las cámaras una cueva
marroquí en la que malviven esperando la oportunidad de entrar en Europa, temerosos
de ser descubiertos por la policía de Marruecos. Siempre me ha impresionado la
determinación de quien es capaz de dejar su familia, su casa, quizá endeudarse
con unos mafiosos implacables y arriesgar la vida para venir a un sitio donde,
con suerte, acabará vendiendo pañuelos en un semáforo o baratijas en la playa,
lo que no es más que una manera, y no necesariamente menos humillante, de pedir
limosna. Tan triste y tan falta de esperanza debe de ser su existencia en el
lugar donde han nacido para que lo que les espera aquí les parezca una alternativa
mejor.
Después de seguir el rastro de
la epopeya de cualquier subsahariano, las noticias de los chavales con carrera
y un par de másteres que hacen las maletas para largarse al extranjero, la
prima de riesgo o incluso las vergonzantes cifras del paro ―celebrar que en los
últimos datos había treinta empleados más que el año pasado en la misma época
me parece de lo más ridículo incluso para un caradura― terminan pareciéndose a
un chiste malo.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2013
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Un abrazo,