En el valle del Guadalquivir
siempre tiene uno la sensación no del todo equivocada de que el invierno
empieza a mediados o a finales de noviembre y dura hasta poco después de
Navidades, porque desde mediados de enero se alternan algunas jornadas
luminosas en las que a las horas centrales del día parece que la primavera
llegará enseguida con otros días que recuerdan que el invierno empezó a finales
de diciembre y aún queda bastante (hace cuatro años nevó en Sevilla, en febrero:
no cuajó, pero se trataba de nieve, al cabo). Decía equivocada porque, aunque a
mediodía uno esté a gusto al sol, por la noche bajan tan rápida y tan inesperadamente
las temperaturas que a quienes visitan las ciudades del sur estos días los
pilla por sorpresa y desabrigados.
Esta mañana no había ni una nube
en el cielo después de unos pocos días que parecían la llegada del diluvio.
Desde muy temprano estoy escribiendo, pero ya es viernes y me gustaría
descansar hasta el lunes: no puedo siempre, pero procuro acomodar mi trabajo a
los horarios grises y estables de una oficina. Al final de la mañana llega el
momento de plegar velas y guardar los folios y cerrar el archivo del ordenador
hasta el lunes, pero sabes que aunque no estés sentado en tu despacho de alguna
manera el trabajo siempre te acompañará puesto que las ideas vienen y van cuando
menos te lo esperas, de una forma que tiene algo de mágica. Lo quieras o no,
una de las cosas que debes tener presente cuando empiezas a escribir una novela
es que durante un año o dos tendrás que sostener en tu cabeza una trama y unos
personajes que no existen más que para ti, y en los que habrás de pensar
continuamente hasta que la des por terminada. Han sido demasiados días viendo
llover, y aunque hace frío aprovecho el
cielo despejado para subir a la bici. Al protagonista de la novela en la que
trabajo también le gusta montar en bicicleta. Son préstamos que uno hace a sus
personajes. Al cabo de un rato estoy muy lejos de casa, explorando urbanizaciones
abandonadas a medio construir porque la crisis pilló a los promotores con el
paso cambiado. Me reía esta mañana —me río ahora también, al escribirlo— porque
hace unas cuantas semanas escribí un capítulo en el que un personaje de los que
ahora sólo viven en mi imaginación pasaba una tarde en una urbanización
fantasma como ésas. El cielo empezaba a nublarse —el tiempo en el sur estos
días, tan traicionero—, de nuevo amenazaba tormenta, pero en mi novela es
finales de junio y hace mucho calor. Da lo mismo. La ficción que escribes absorbe
sin complejos lo que ves cada día, lo que te cuentan, lo que te imaginas, lo
que sueñas. Pero también lo que escribes contamina felizmente lo que vives. Ya
lo decía ayer: al final se trata de multiplicar la vida.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero
de 2014
Comentarios