La paciencia


No tengo muchos motivos para quejarme, y aunque acepto las cosas como vienen si no me queda más remedio, eso no significa conformismo. En este oficio, como en cualquier oficio, como en la vida, vaya, me podría ir mejor, claro, pero también peor. No escondo que tengo algunas espinitas clavadas: proyectos que no salieron adelante, traducciones o adaptaciones al cine que no cuajaron, premios que se escaparon cuando parecían estar al alcance de la mano. Pero no me quejo, digo. Casi veinte años estrujándome la cabeza y poniéndolo negro sobre blanco, va ya para una década que me dieron el bautizo en una editorial comercial y todavía sigo aquí. En la escritura, todo lo que no sea estar en tu despacho encerrado jugando a “imaginemos que” resulta imposible controlar. Aprendí hace muchos años a ser paciente, o tal vez la paciencia ya la traía de fábrica y no lo recuerdo, pero lo primero que debe aprender un escritor que empieza es que la lentitud es inherente no sólo a la creación literaria, sino a todo lo que tiene que ver con ella. Todo se cuece a fuego lento: los libros tardan meses, años, en escribirse, los editores se demoran en leerlos, en responder ―si responden―, en publicarlos, y los lectores muchas veces los compran y los dejan arrumbados en las estanterías durante años hasta que un día los abren y con suerte quedan atrapados desde las primeras páginas y ya no pararán hasta llegar al final. Pasaron más de tres años desde que puse punto final a La clave Pinner y llegué a ver los ejemplares en la pila de novedades de una librería. Las editoriales donde yo la quería publicar no se animaron, y las que hicieron una oferta por la novela no me convencían, así que esperé hasta que llegó el momento oportuno. Siempre tuve claro que si un proyecto editorial no te convence lo mejor que puedes hacer es guardar el manuscrito en un cajón hasta que se presente una buena oportunidad. Corres el riesgo de no publicar nunca, pero así es como lo veo. Después de La clave Pinner pasaron tres años más hasta la siguiente publicación ―y una novela entre medias: El factor Einstein―, justo el tiempo desde que terminé El síndrome de Mowglihasta que por fin salió de la imprenta. Me consta que desde fuera puede parecer fácil esto de publicar, pero nunca lo es. De verdad que no. La incertidumbre también te acompañará siempre, desde que te asalta una idea hasta que escribes la primera frase de una novela, mientras la escribes, cuando la terminas y buscas un editor, cuando finalmente se publica y esperas el veredicto a menudo implacable de los lectores.
Cuento todo esto porque hace siete años escribí una novela de unas 200 páginas, justo antes de publicar El factor Einstein y con El síndrome de Mowgli aún en un cajón esperando que un editor le diera la oportunidad de batirse el cobre en las librerías. Aquella novela breve ―o no tanto, según se mire―, se quedó aparcada porque en 2008 publiqué dos novelas. En 2009 la mandé a un premio y tuve la suerte de ganarlo, pero casi nadie se enteró porque ese mismo año se publicó El violinista de Mauthausen. Luego estuve casi un año viajando durante la promoción de El violinista, y después me encerré a escribir El silencio de tunombre, y el tiempo pasaba y esta novela seguía ahí, esperando su oportunidad mientras El silencio de tu nombre me devolvía a los viajes y al ajetreo de la promoción y además volví a zambullirme en la escritura de una nueva novela que espero acabar en unas pocas semanas. Sin darme cuenta, han pasado casi siete años desde que escribí Los perros siempre ladran al anochecer, y el otro día me llamaron para decirme que se publicará en 2015, en una hermosa colección de bolsillo donde los libros se cuidan como tesoros. Ya habrá tiempo de hablar de esta novela. Siempre me empeñé en hacer cosas diferentes, en buscar algo nuevo, aventurarme en un territorio desconocido, y aquí presento, creo, un registro al que no tengo acostumbrados a mis lectores habituales. Un libro que se puede leer de un tirón, o casi, donde el suspense de lo cotidiano planea sobre toda la historia. 
Cuando Los perros siempre ladran al anochecer llegue a las librerías habrán pasado ocho años desde que la terminé, pero yo pienso que esto supone un valor, no un inconveniente. Uno no debe tener prisa en Literatura, y tampoco en la vida, si de verdad cree en su trabajo. Antes o después llegará la oportunidad que uno espera. Y si no llega, tampoco pasa nada. El mundo no se acaba por eso.


© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2014

Comentarios

  1. Hola .,como sabes yo la tengo ,pero no fui la primera de la casa en leerla ,fue mi madre ( como era corta se animo más) y ahora le llego el turno a mi hermana .Por cierto vaya final .Muy buenas noches

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    1. Bueno, me alegro de que la haya leído toda tu familia... Un abrazo,

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  2. Esa novela -y el personaje masculino- tiene mucho del auténtico APD también.
    La contención, como siempre en tus obras, llega a extremos con esta, y toca un tema muy actual y cotidiano, tendrá muy buena acogida seguro. Felicidades

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  3. Bueno, supongo que todos los personajes, de alguna forma, en esta novela y en las otras tienen algo de APD, como dices. Espero que los lectores la disfruten.
    Un abrazo,

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  4. Hola Andrés, soy Marta. Ya recibí la novela Los perros siempre ladran al anochecer de la Fundación Rural de Huelva. Me ha gustado mucho, me lo leí de un tirón ya que el tema que trata es muy interesante y los personajes te atrapan desde la primera página.

    Me alegro que por fin te la publiquen el año que viene. Seguro que tendrás mucho éxito.

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias, Marta. Me alegro de que te haya gustado. Por desgracia, ésa no es una buena edición (faltan párrafos en algunas páginas y tiene alguna errata imperdonable), y nunca tuvo distribución en librerías. La que saldrá el año que viene estará corregida y probablemente ampliada, además de magníficamente editada y distribuida, claro.
      Un abrazo,

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