Oficios incomprendidos


En septiembre, con suerte, me largaré unos días. Mientras tanto, paso agosto criando a un cachorro, leyendo libros que tenía pendientes y corrigiendo una novela breve ―entre 150 y 200 páginas― que se publicará en el primer trimestre de 2015. Sonrío estos días al releer un texto que escribí hace siete años, puliendo frases o eliminando redundancias que ahora no me parecen tan oportunas como antes ―se publica para dejar de corregir, dicen por ahí―, pero sobre todo al descubrir que sigo pensando igual que el protagonista y narrador de Los perros siempre ladran al anochecer, un dibujante de cómics ―tebeos, como él prefiere llamarlos, igual que un servidor― que se muda con su mujer a una urbanización a las afueras de una gran ciudad porque los vecinos del bloque de pisos donde vivían les hacen la vida imposible. Ya os contaré alguna cosa sobre esta novela más adelante. Sonreía el otro día, decía, y sigo sonriendo al recordarlo, cuando me topé con una frase en la que el protagonista reflexiona sobre lo que los demás piensan de un oficio tan extraño como el suyo. Contra lo que mucha gente cree, los personajes principales no tienen por qué ser un calco de su creador. Casi siempre el escritor desaparece o se desdobla en todos ellos. Pero sí resulta inevitable que algunos compartan la mirada del autor.
Cuando era muy jovencito siempre me sentí un poco desubicado entre mis amigos. Todavía no escribía, y cuando empecé a juntar letras lo hice de una forma clandestina que al cabo de los años resulta pueril. Es complicado dedicarte a un oficio poco habitual y que los demás lo entiendan, sobre todo al principio, sobre todo si en el ambiente donde te has criado la profesión de escritor resulta tan exótica o lejana como la de astronauta. Luego, cuando llegan los premios, los reconocimientos, los lectores o las palmaditas en la espalda ya no importa, pero tal vez habría sido más sencillo si algunos no hubieran arrugado el entrecejo o murmurado que estabas mal de la cabeza cuando empezabas. Dibujar tebeos, escribir libros. Tanto da. Durante mi adolescencia también llegué a pensar en algún momento que podría dedicar mi vida a emborronar viñetas. No se me daba mal dibujar. Y, aunque de tarde en tarde, aún dibujo. 
El protagonista de Los perros siempre ladran al anochecer ―dibujante de tebeos, insisto― piensa esto cuando los vecinos de la urbanización a la que acaba de mudarse se extrañan cuando le cuentan cómo se gana la vida. Permitidme la autocita. Lo escribí hace siete años, lo he pensado siempre y no cambiaría ni una coma: “En el fondo, estos momentos me divierten. Me ocurre casi siempre, y, a no ser que se lo diga a unos chavales, que enseguida abren la boca fascinados y me piden que les dibuje algo, la gente se queda callada un momento, esperando que me eche a reír, para confirmarles lo que están pensando, que es broma lo que les he dicho, convencidos de que un momento después les diré mi profesión de verdad, la que llena el carrito del supermercado, la que paga las facturas que me permiten dedicar mi tiempo libre a pintar historietas. Resulta muy complicado que los demás puedan entender mi oficio. La mayoría proclama, con la suficiencia de los ignorantes, que dibujar es un hobby, no un trabajo; igual que escribir, ser actor o jugar al fútbol. Sólo unos pocos privilegiados pueden permitirse ganar dinero y que la gente los señale en la cola del supermercado por lo que hacen. El resto no son más que unos tontos, unos ilusos que malbaratan sus vidas persiguiendo una quimera.”
         Pues eso.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2014


Comentarios

  1. ¡Hola!
    Es... Es... No sé ni cómo decirlo. Solo sé que lo imprimiré y lo pondré en mi pared -quien dice pared, dice cuadreno-, porque es simplemente maravilloso.
    Puede que me haya sentido, en parte, reflejada en esas palabras; puede, que aspire a ese exotismo del que presume el astronauta, no lo sé.
    Como poder..., ¿verdad?
    Siento que todo lo que pueda escapar de mis dedos sonaría a poco, así que lo dejaré en manos de una sola palabra: Gracias.

    Un abrazo.

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    1. Hola, Rosa de Medianoche: muchas gracias a ti, por tus palabras. Me alegro de que te haya gustado la entrada. Un abrazo,

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  2. Lo entiendo perfectamente. Es una suerte que te puedas dedicar a escribir.

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    1. Eso sí es verdad, Alfonso: siempre he considerado un privilegio poder hacer lo que hago. Un abrazo,

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