¿Para cuándo la próxima?

Cuando parecía que Harper Lee iba a pasar la historia de la Literatura por ser la autora de una única novela nos enteramos de que, cincuenta y cinco años después de Matar a un ruiseñor, pronto se publicará otro libro suyo. Ignoro los motivos por los que la novelista norteamericana se ha pasado cinco décadas y media sin entregar un artefacto narrativo a la legión de lectores que a lo largo del tiempo ha cosechado la historia protagonizada por el abogado idealista Atticus Finch. Es cierto que cuarenta millones de ejemplares vendidos y Gregory Peck metido en la piel del héroe tranquilo de tu novela te regalan la libertad para hacer lo que te plazca, incluso no volver a escribir. Pero se me antoja que Harper Lee habría elegido el mismo aislamiento si Matar a un ruiseñor hubiese pasado desapercibida y Hollywood no se hubiera fijado en ella. Cuesta imaginarla en esta época, con la sobrexposición a la que están sometidos los escritores en las redes sociales, lo extraña que resultaría esa tendencia a la misantropía.
Estos días a mí me está tocando hacer justo lo contrario: ando de entrevista en entrevista, saltando de una emisora de radio a otra, de periódico a periódico, dejándome retratar en escorzos forzados por fotógrafos habilidosos, y rara es la vez que después de explicar lo que puedo contar sin reventar la trama de Los perros siempre ladran al anochecer, el periodista no me pregunta por mis próximos proyectos. Hace muy poquito entregué mi nueva novela a mi agente, respondo, pero no sé cuándo se publicará. Y en más de una entrevista no he podido evitar acordarme de Harper Lee. Cuál habría sido su respuesta a esa pregunta. A pesar de que a veces le envidio a la escritora el aislamiento de los focos, no es mi voluntad que pasen cincuenta y cinco años hasta la publicación de mi próxima novela. No la sería aunque alguno de mis libros hubiera vendido cuarenta millones de ejemplares. Estoy convencido de que seguiría escribiendo, y no porque tenga presente la importancia de vender para poder seguir comiendo de este oficio, sino porque, para bien o para mal, llevo una fábrica de historias escondida en alguna parte de mi cabeza y ni aún con diez vidas podría ponerlas todas negro sobre blanco.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2015

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