Felices 140
A menudo he
fantaseado con que me toca una lluvia de millones en la lotería.
Seguro que muchos de quienes están leyendo esto también. Hace tres o cuatro
años le tocaron ciento veinte millones de euros al vecino de un pueblo
cercano, y eso significa dos cosas: que nada es imposible, y que,
estadísticamente, lo más lógico es que la suerte no se deje caer otra vez por
estas tierras en unos cuantos siglos. Supongo que lo normal es imaginarse a uno
mismo después de ser agraciado con el euromillón pagando mansiones a
tocateja, o yates, o deportivos hortera, pero a mí lo que me gustaría es
que mi vida no cambiara demasiado. Creo que seguiría haciendo lo mismo, pero
con la tranquilidad de tener la espalda cubierta, y quizá, como mi admirado Edmundo
Dantés, convertirme en la providencia para unas cuantas personas muy
queridas, haciéndome pasar por otro ―el disfraz de abate Faria no
estaría mal―, ingeniándomelas para que nadie sospechara la verdadera identidad
de su benefactor. Es la forma de mantener el anonimato lo que más me inquieta
cuando pienso que alguna vez podría tocarme la varita mágica de la lotería.
Es mejor que mis amigos me quieran por mí mismo, incluso que no me quieran, antes
que por el tamaño de mi cartera.
A cualquiera que le
haya dado vueltas alguna vez a lo que haría si le tocara una catarata de
millones en la lotería le recomiendo que vaya al cine a ver Felices
140, la última y espléndida película de Gracia Querejeta. Maribel
Verdú reúne a un grupo de amigos el día de su cumpleaños para contarles que
le han tocado ciento cuarenta millones de euros. A partir de ese momento ya
nada será lo mismo. Y la felicidad, uno lo sospecha desde los primeros
planos, consiste menos en ser millonario que en la capacidad de no necesitar
más que unas pocas cosas para vivir. Vayan a verla al cine, decía, antes
de que la quiten. Da pena ver dos tercios vacíos de una sala donde estrenan una
película española.
© Andrés Pérez Domínguez, abril
de 2015
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