Diez días que estremecieron al mundo


Tengo una costumbre que a muchos les cuesta entender: compro libros y a menudo reposan en la estantería durante años, cambian de casa conmigo y acaban colocados en otros muebles, junto a nuevos compañeros que ya he leído o esperan su turno. La experiencia me ha enseñado que no es un mal hábito, y tampoco nocivo, salvo para el bolsillo y la espalda después de cargar con ellos en tantas mudanzas. Con el tiempo he terminado pensando que un motor invisible, tal vez lo que llamamos instinto, me señala ciertos libros que debo adquirir porque alguna vez, sin que yo lo sepa todavía, necesitaré leerlos. La experiencia me ha enseñado también que los libros, cada vez más, igual que la ropa, pasan de moda o no se venden lo que algunos editores y libreros impacientes quieren y, salvo unos pocos escogidos por la fortuna, enseguida son retirados para ser sustituidos en las mesas de novedades por otros que, con toda probabilidad, correrán la misma suerte nefasta. En 2004, con La clave Pinner  recién publicada y empezando a escribir El síndrome de Mowgli, fui acaparando todo lo que se publicaba sobre Albert Einstein, con la idea aún confusa de una novela en la que debía aparecer el genio de la Física. Aún tardaría dos años en escribir El factor Einstein, y entonces no podía saber si escribiría esa novela, pero me gusta dejarme llevar por ese instinto que me dice qué libros debo comprar, aunque todavía no sepa por qué.
Ando liado con la documentación de una nueva novela, y entre la docena de libros que manejo hay uno que compré hace veinticinco años (tengo la costumbre de escribir la fecha en la primera página): Diez días que estremecieron al mundo, del periodista norteamericano John Reed, testigo privilegiado de la Revolución de 1917; el único americano, según tengo entendido, que está enterrado junto a los muros del Kremlin. Los cinéfilos recordarán a este tipo tan singular en los rasgos de Warren Beaty en Reds, película con la que además el actor ganó el Oscar por la dirección. Leo estos días el libro de John Reed y no soy capaz de recordar el impulso que me llevó a comprarlo hace veinticinco años, sin saber que algún dia lo abriría para crear una nueva aventura. 




© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2015 

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