Empatía
Por
muchos años que pasen jamás me acostumbraré a esto, me dice la veterinaria
cuando entra en la consulta. Tiene los ojos enrojecidos. Unos pocos minutos
antes, al sentarme en la sala de espera, dos chicas salían de la clínica
sollozando. No hay que hacer muchas cábalas porque el ambiente es de velatorio.
Una perra con quince años, me cuenta, antes de examinar a Mowgli. Hay que
sacrificarla. Hemos luchado hasta al final por ella, pero ya no podemos hacer
nada. Mi perro lleva todo el rato más tranquilo de lo que acostumbra en el
veterinario, y es raro, porque el festival de olores y la presencia de otros
perros suele trastornarlo. En la consulta también. Alguna vez, cuando le han mirado las orejas o ha habido que sacarle sangre se ha revuelto como un
tigre y he tenido que sentarme encima de él para que no dejara la habitación igual que
después de un terremoto sin supervivientes. La veterinaria también se extraña
de su tranquilidad y se agacha para ver cómo está. Siempre lo hace en el suelo
porque pesa demasiado para subirlo a la mesa. Se coloca frente a él y Mowgli la
mira a los ojos. Empieza a lamerle la cara, despacio, con cariño desarmante.
Nunca antes lo había hecho. Ella lo abraza y empieza a darle besos y me dice lo
que le pasa antes de volver a achucharlo. Se ha dado cuenta de que estoy triste.
© Andrés Pérez Domínguez, enero
de 2016

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