La condición de ex
Veo a Barack Obama de visita privada en España y no puedo evitar pensar en la condición jubilosa de ex. El expresidente
de Estados Unidos parece un hombre
feliz: tener la vida resuelta ayuda, sin duda, y también dar conferencias o cobrar una pasta por escribir (o dejar que alguien escriba) tus
memorias. Puede que hasta el presidente Trump
cuando deje el cargo parezca un hombre feliz.
Con los exfutbolistas que
comentan los partidos del mundial de Rusia me pasa lo mismo: los
veo en la tele o los escucho en la radio y se me antojan más felices que
los jugadores en activo, despojados
de la presión de los aficionados, de
los insultos, de la prensa, del temor a lesionarse o a no
cumplir las expectativas de quienes
tanto han pagado por ellos. Un futbolista
sufre más que goza, he oído alguna vez, y estoy convencido de que
muchas veces es verdad. Lo que digo no tiene nada que ver con el dinero.
Sin duda, la condición de expresidente
o de exfutbolista tiene mucho de glamurosa. O la de extorero: hace años, durante una corrida en la Maestranza de Sevilla, me fijaba sobre todo en un matador retirado que asistía al
espectáculo en el callejón, respetado y admirado por todo el mundo, a salvo
para siempre de los pitones del morlaco.
Como ahora, pensé entonces que ser un ex respetado y querido no es una mala
forma de vivir y tampoco una ilegítima
ambición. Sin embargo, dudo que el oficio
de escritor admita el afijo
mencionado. Exnovelista se antoja
sospechoso, huele a desidia, a pereza, a fracaso. Quizá por eso muchos escritores
un buen día dejan de escribir (o no dejan de escribir pero ya nadie publica ni
lee sus libros) y la gente se olvida
de ellos, sin preguntarse si han encontrado la felicidad en la condición de ex.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2018

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