Buenas cartas, malas cartas


Ni siquiera conocía su nombre, pero sabía que si no lo encontraba se convertiría en una culpa que se queda a vivir contigo para siempre, esas que, los que tenemos una memoria demasiado buena, no podemos arrinconar, más bien al contrario, cuanto más lo intentas salen a la superficie para recordarte, una y otra vez, lo imbécil que fuiste o lo fácil que hubiera sido hacer las cosas bien.
El centro de Madrid está lleno de mendigos, sobre todo cuando se encienden las luces del esqueleto de abeto en la Puerta del Sol y un hormiguero de gente circula desde Callao hasta la calle Mayor, los vendedores de lotería cantan los números de Doña Manolita y las sirenas de policía aúllan un rato sí y un rato también para abrirse paso entre la multitud. Una de esas mañanas, bien temprano, a esas horas en las que todavía se puede caminar por el centro de Madrid en vísperas de Navidad, vi al mendigo en la acera. Supongo que me fijé en él porque había un perro a su lado. Me conmueven por igual esos perros que acompañan a quienes piden limosna y sus dueños. Éste estaba pegado a su amo, sin correa, atento a la conversación que mantenía con una mujer que le acababa de dar un saco de pienso. Acepto comida, anunciaba un cartel en el suelo. Seguí mi camino y lo olvidé. Muchas cosas que hacer por Madrid y tantos mendigos que sería imposible aliviar la penuria de todos. Pero muchas horas después, cuando oscureció y empezó a apretar el frío, me atravesó una punzada de culpa. Me acordaba de una conversación con mi querido Óscar Oliveira, el día anterior, en la que hablamos sobre las cartas que nos reparten en la vida: algunos reciben buenos naipes y es una pena que se empeñen en jugar una mala partida, porque hay otros que en el reparto les tocan cartas malas. La vida es muy injusta. Yo paso unos días en Madrid, duermo en un hotel, voy al teatro, puedo entrar en una tienda y comprarme lo que quiera, pasar los dedos por los lomos de los libros en una estantería y llevarme el que me apetezca, comer hasta reventar o no hacerlo si no tengo hambre. Esa misma noche me pasé un rato buscando al mendigo del perro. Sabía que me iba a costar dormir si no lo hacía. Había cargado en una mochila una botella de leche, yogures y algunos medicamentos que siempre llevo cuando salgo de viaje pero por fortuna nunca necesito. No estaba allí. Desde la Puerta del Sol hasta el Palacio Real, y luego desde la calle Arenal hasta la Puerta del Sol otra vez, pero ni rastro. Me fui al hotel con una incómoda sensación de derrota, lamentándome por no hacer por la mañana lo debido. Al día siguiente, mochila al hombro, volví a salir temprano en su busca, pero tampoco lo vi. Entré a desayunar en un bar, a punto estuve de preguntarle al camarero si lo había visto, pero me dio vergüenza. Recorrí los mismos sitios, me colé en varias calles perpendiculares, por si había pasado la noche al abrigo de un portal. Ni rastro. Había otros mendigos, seguro que tan necesitados como el que buscaba, pero éste era el mío. El perro, maldita sea, y ese cartel anunciando que aceptaba comida. Cuando lo razonable hubiera sido rendirme, me obligué a dar una vuelta más. Me conozco lo bastante para saber que no puedo sacudirme la culpa así como así, que la obsesión me obligaría a recordar los pasos de esa mañana una y otra vez, preguntándome si no debí esforzarme un poco más. Volví a recorrer el camino; en un portal una pareja se besaba, tan temprano, como sólo lo hacen al despedirse los amantes conscientes de que lo suyo es imposible. Se me ocurrió una historia, tal vez un cuento o un pasaje de una novela, pero sacudí la cabeza y seguí mi camino. Y al volver la esquina estaba allí. Acepto comida, decía el cartel sobre la acera. Arrebujado en una manta, mi paisano acariciaba a Duquesa, que desayunaba el pienso que le regalaron ayer a su dueño. Hablé unos minutos con él, por eso sé su nombre y que se trataba de una preciosa perrita de once meses a la que estuve acariciando. Me contó que era de Sevilla. Se le iluminó la cara cuando le dije que yo también. La leche me va a venir muy bien, me explicó, porque tengo Cola Cao en la mochila. Me dio las gracias, muy educado. No sé si alguna vez llegará a leer esto. Pero soy yo quien debe dárselas a él.
Feliz Navidad a todos.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2018

Comentarios