Orgullo gay
Cada vez que
se acerca el Día del Orgullo Gay se soliviantan los ánimos casposos. Muchas de
las conversaciones estos días aparecen salpicadas de frases así: “Yo soy
heterosexual y no salgo a celebrarlo a la calle”; o: “A mí no me parece mal que
los maricones existan mientras no me molesten”. La
mayoría de los varones de mi generación hemos sido educados en la homofobia, y
cuesta hacernos entender que si hubiéramos tenido que esconder nuestra
condición sexual o ser el blanco de las bromas crueles de los compañeros del
colegio, incluso ser encarcelados, tal vez nos gustaría salir a la calle a reivindicar lo que debería ser
normal. No es obligatorio celebrarlo, y entiendo que no a todos los
homosexuales les apetezca desfilar con un tanga o como consideren, pero tampoco
debería ofender a nadie. La homofobia, aunque sea microhomofobia, está en
nuestra educación: las bromas y los chistes sobre mariquitas nos salen solos,
no necesariamente con mala intención, pero me parece un gran avance de la
sociedad cuando veo pasear a dos personas del mismo sexo cogidas de la mano,
hacerse carantoñas sin tener que esconderse. Más de un amigo me mira raro
cuando le digo lo que pienso sobre esto. Pero perder amigos forma parte de la
vida, y tener canas en la barba, y ganar otros amigos.
© Andrés Pérez
Domínguez, julio de 2019

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