Lecturas pendientes


No sé si me he despertado tan temprano y ya no puedo volver a dormir porque en  un sueño agitado un tipo pequeñajo, fibroso y malencarado, perseguía a la gente por la calle destornillador en mano hasta que clavó sus ojos en los míos y, aunque me diese vergüenza, el impulso de escapar era más poderoso que las ganas de enfrentarme a él. He encendido la luz con la certeza de quien sabe que ya no va a poder dormir. Jamás me quedo en la cama cuando me pasa. Hoy tampoco, porque me aguarda una larga mañana en una sala de espera. Por suerte, el recuerdo de la pesadilla desaparece enseguida y vuelvo a la realidad. Anoche, antes de acostarme con ese sentimiento de culpabilidad cuando me voy tarde a la cama, dejé a un lado la novela que abrí hace un par de días para leer las primeras páginas de Lecturas pendientes, de Pedro Ugarte. En una caótica ilusión acumulativa, suelo leer varios libros a la vez mientras voy comprando otros. Tras unos pocos días de espera, el de Pedro Ugarte y otro de cuentos de Juan Bonilla llegaron ayer a mi buzón. Salto de un autor a otro con placer y curiosidad, sin complejos. En las últimas semanas, de Philip Kerr he pasado a Somerset Maughan, de este a Dostoievski para continuar releyendo algunos cuentos de Cortázar y empezar una novela no muy reciente de Arturo Pérez-Reverte. No suelo leer los libros cuando acaban de publicarse porque siempre tengo una larga lista pendiente. Es una manía saludable, creo, hincar el diente a un libro cuando ya ha perdido la condición de novedad y tienes la certeza de leerlo por puro placer, sin la urgencia de estar al día o no sentirte desplazado en un reunión, aunque ahora casi todos hablen de las series de la tele y la mayoría de tus amigos paradoja a la que te has acostumbrado desde niñono lean. También acostumbro a no leer los libros cuando los compro. Lo normal es que pasen meses hasta que lo haga. Mientras, voy zampándome otros, a veces por orden de compra y otras, la mayoría, por capricho. Bastantes, qué pena, se quedan en el camino. Sin embargo, Lecturas pendientes se va a saltar la cola. No sé si Pedro Ugarte, tan correcto, estará de acuerdo. Aún no ha salido el sol y ya me he zampado la mitad del libro. Lápiz en mano, en lugar de subrayar, como son tantas las reflexiones que me llaman la atención, marco con un aspa el margen superior de la página y acoto frases, párrafos enteros, entre corchetes. Ya no soy un lector desvelado por una pesadilla; soy un mirón que se asoma por el ojo de la cerradura a esta suerte de diario  de un escritor espléndido cargado de lucidez. Dice Pedro Ugarte en Lecturas pendientes que no es un tipo humilde, sino educado. Él sabrá. No me cabe duda de que se sonrojará a leer esta página de mi diario que luego pasaré al ordenador. Puede que Pedro Ugarte escriba en las redes sociales, para quitarle hierro, que soy muy generoso con él porque, pronto hará veinte años, se empeñó en que a un cuento mío le concedieran un accésit en un premio de cuyo jurado él formaba parte. Pero nada de eso tiene que ver con lo que escribo esta mañana. Estoy disfrutando tanto con Lecturas pendientes que lamento tener que dejarlo para darme un ducha y salir pitando. Me queda el consuelo de que quizá durante las largas e inevitables horas de espera que tendré hoy pueda acabarlo.


© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2019 

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