Harto
Cada vez se me hace más cuesta arriba esto, pero no por el confinamiento: ya os dije que estoy acostumbrado a pasar muchas horas en casa y que ando sobrado de paciencia o de resignación. Pero estoy harto, de verdad, de los unos y de los otros (los hunos y los hotros, dicho de forma unamuniana: quien no lo entienda que corra a la Wikipedia). Me cansan los del gobierno y también me cansan los de la oposición; me molestan quienes ponen los altavoces con el himno de España a las ocho de la tarde no porque lo sientan, sino para joder a los que piensan distinto, y asimismo quienes proclaman vivas a la República con el mismo ánimo de incordiar. Desconfío del gobierno y aún más de sus socios, pero no tengo esperanzas en la oposición y todavía menos en sus posibles socios. Tengo la certeza de que si los de la oposición estuvieran gobernando cometerían los mismos errores que los que mandan (o tal vez otros, pero muchos también: sin embargo en la censura parecen estar de acuerdo, hay que ver), porque quizá en una catástrofe así las cosas no puedan ser de otro modo; pero tampoco tengo dudas de que si los que mandan estuvieran en la oposición vociferarían igualmente o quién sabe si incitarían a la gente a tomar las calles para protestar. Con sus seguidores, lo mismo: basta asomarse un momento a las redes sociales para asistir a una amarga versión politizada de un Betis - Sevilla o un Barça - Madrid. Los que gobiernan son unos héroes y los de la oposición unos villanos, o viceversa; los empresarios son unos explotadores y los trabajadores unos pobres esclavos o los trabajadores unos vagos y los empresarios forman todos parte de una ONG ansiosa por inmolarse para salvar el país. Para qué pensar, para qué matizar, para qué esforzarse en no generalizar. No me sorprende tanto odio, pero me entristece. Igual me pasa cuando mis amigos (aunque mejor decir conocidos porque la palabra amistad se manosea, se desgasta y con frecuencia se usa de un modo exagerado) que son o se consideran de derechas me llaman rojo; o cuando los de izquierdas me dicen facha abiertamente. Hasta hace poco me hacía gracia, me ha pasado muchas veces, desde siempre, pero ahora me incomoda. Si antes había poco espacio para la moderación, ahora da la sensación de que quienes huimos de los extremos deberíamos votar a un partido marciano porque nada de lo que hay nos convence. Quizá no sea tan descabellado. Algunas noches me asomo a mirar el cielo, limpio, sin contaminación, y pienso que, si alguien nos ve desde ahí arriba, tiene que estar pasándoselo en grande: debe de ser como mirar uno de esos programas de Telecinco donde media docena de vagos vocifera en un plató. Y me pregunto, lo confieso con amargura, si no debería este virus llevarnos por delante a todos de una puñetera vez.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2020

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