Fase 1: Ganas de vivir.
El día que dejaron salir a los niños me encontré a un chiquillo paseando con su madre. Era temprano, por la mañana. Yo venía de comprar el periódico y él no tendría más de tres años. Por ese instinto mitad de supervivencia y mitad de solidaridad desarrollado durante estos últimos dos meses, me cambié de acera. Antes de llegar a mi altura el crío agitó la mano efusivamente y gritó ¡hola! Con el mismo entusiasmo le pregunté si estaba contento y me dijo que sí. Para algunos, entre los que tengo la suerte de encontrarme, hoy era un día distinto. Cada uno lo habrá celebrado a su modo. En mi caso, no echo de menos los bares, pero me he percatado de cuánto me apetecía coger el coche y conducir sin temor a que un policía me parase y me devolviese a mi casa, con multa o sin ella.
Seguimos encerrados, pero para quienes estamos en la fase uno la cárcel se ha ensanchado hasta los límites de la provincia. Con eso me vale: la provincia de Huelva no me queda lejos y pienso en la frontera como en una valla electrificada, pero si voy hacia el norte, hacia el este o hacia el sur puedo conducir durante horas por carreteras secundarias jalonadas de olivos y pinares imponentes. No creo que lo vivido estos dos meses nos vaya a hacer mejores. Eso son tonterías válidas para cuadernos de adolescentes, pero a mí me ha servido para apuntalar una fuerte convicción antigua: me basta con muy poco. El rincón para leer y escribir lo he tenido durante el confinamiento, y la felicidad íntima de conducir sin rumbo, en solitario, como Tom Hanks al final de la espléndida Náufrago, la ventanilla abajo y unas pocas canciones, la he recuperado hoy. Yo, que soy de natural esquivo, como el crío del otro día también habría saludado esta tarde a cualquiera, sin conocerlo, para gritarle lo contento que estaba.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2020

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