Depuración

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Creo que era en Cómo se cuenta un cuento donde García Márquez revelaba algo importante sobre el oficio: el dilema al que se enfrenta un escritor cuando algún pasaje que ha escrito le gusta mucho pero se da cuenta de que no funciona en la arquitectura de la trama. Hay que romperlo, decía, por mucho que duela. Cito de memoria, pero matizaba el colombiano que duele mucho el primer día, el segundo menos, el tercero menos todavía y luego ya uno ni se acuerda. Recomendaba también tirar esos pasajes para no caer en la tentación de recuperarlos. Lo último nunca lo he conseguido, para qué os voy a engañar, pero suscribo todo lo demás. Me acuerdo hoy de esto porque he pasado todo el día peleándome con un capítulo largo. Pueden dar fe quienes desayunaban en la misma terraza que yo. Me gustan los capítulos largos y los párrafos largos, lo conté en la última entrada de esta bitácora, pero 42 páginas son demasiadas y la paciencia de los lectores es limitada. Hasta la mía lo es. Lo di por terminado ...

Fase 1: Ganas de vivir.



El día que dejaron salir a los niños me encontré a un chiquillo paseando con su madre. Era temprano, por la mañana. Yo venía de comprar el periódico y él no tendría más de tres años. Por ese instinto mitad de supervivencia y mitad de solidaridad desarrollado durante estos últimos dos meses, me cambié de acera. Antes de llegar a mi altura el crío agitó la mano efusivamente y gritó ¡hola! Con el mismo entusiasmo le pregunté si estaba contento y me dijo que sí. Para algunos, entre los que tengo la suerte  de encontrarme, hoy era un día distinto. Cada uno lo habrá celebrado a su modo. En mi caso, no echo de menos los bares, pero me he percatado de cuánto me apetecía coger el coche y conducir sin temor a que un policía me parase y me devolviese a mi casa, con multa o sin ella.
Seguimos encerrados, pero para quienes estamos en la fase uno la cárcel se ha ensanchado hasta los límites de la provincia. Con eso me vale: la provincia de Huelva no me queda lejos y pienso en la frontera como en una valla electrificada, pero si voy hacia el norte, hacia el este o hacia el sur puedo conducir durante horas por carreteras secundarias jalonadas de olivos y pinares imponentes. No creo que lo vivido estos dos meses nos vaya a hacer mejores. Eso son tonterías válidas para cuadernos de adolescentes, pero a mí me ha servido para apuntalar una fuerte convicción antigua: me basta con muy poco. El rincón para leer y escribir lo he tenido durante el confinamiento, y la felicidad íntima de conducir sin rumbo, en solitario, como Tom Hanks al final de la espléndida Náufrago, la ventanilla abajo y unas pocas canciones, la he recuperado hoy. Yo, que soy de natural esquivo, como el crío del otro día también habría saludado esta tarde a cualquiera, sin conocerlo, para gritarle lo contento que estaba.


© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2020 

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