Héroes tranquilos
Héroes tranquilos
―La próxima vez que me encuentre mal no te voy a pedir que me lleves al hospital ―me dice, y aunque soy lo que más quiere, sé que sería capaz de abofetearme en la consulta ―. Ni aunque me esté muriendo, vamos.
![]() |
| Añadir título |
Llevamos cinco horas en Urgencias y la doctora nos dice que hay que ingresarla. Se llama Gloria. Nos ha dicho su nombre y su edad cuando ella, imprudente, se lo ha preguntado.
―Has sido un poco indiscreta ―le recrimino, en la sala de espera. Sé que no lo ha preguntado con mala intención, pero tampoco ha podido evitarlo. Gloria tiene veintiocho años y parece aún más joven.
Con buen criterio, vuelve a convocarnos.
―Mientras esperamos el resultado de los análisis, vamos a hacer una radiografía ―nos dice.
Después entramos por tercera vez. Los análisis están bien, pero algo de la radiografía no convence a Gloria. Vamos a hacer una ecografía. Después, el propio radiólogo recomienda también un T.A.C. El asunto se complica. Una mujer de la familia me llama sin saber dónde estamos y le explico la situación. En cuanto la doctora la vuelva a ver te digo algo.
―Te juro que cojo un taxi y me voy sola a mi casa ahora mismo ―me vuelve a decir la paciente, cada vez con menos energía.
Llamo a quien me ha telefoneado antes. Un rato después tengo a las otras dos mujeres de la familia conmigo. Me tranquiliza el refuerzo. Tantas horas ahí solo pasan factura. Además, las mujeres de la familia siempre se han desenvuelto mejor en estas batallas. Pasa casi una hora de la medianoche cuando la trasladan a otro hospital. Tiene que verla un cirujano. Una ambulancia viene de camino. Gloria nos desea suerte en la salida. Intuyo la preocupación de la joven doctora, aunque pretenda disimularla. Me ha ayudado a convencer a la paciente, cuando pataleaba en la consulta pidiendo ir a su casa, para que la seden y se quede un rato en observación. Además de acertar en un diagnóstico complicado, ha sido muy amable y comprensiva. Recuerdo una frase del televisivo doctor House. Cito de memoria: “¿Qué prefiere? ¿Un médico que lo ignore mientras lo cura o uno que le coja la mano mientras se muere?”. Como anécdota para arrancar una carcajada a los amigos puede valer, pero entre un médico amable y otro distante prefiero al primero. En realidad, la amabilidad es una de las cualidades que más valoro. No sólo en los médicos.
Son casi las dos de la madrugada cuando el cirujano nos convoca. Un par de minutos, de pie, las mujeres que están conmigo, él y yo. Nos explica los riesgos. Demasiados riesgos, pero ante la certeza del peligro hay que tomar una decisión. No es que haya que operar de urgencia, nos aclara, con calma y seguridad. Hay que operar de emergencia. Me suena su cara y me suena su nombre. Lo interrumpo y le pido que me lo repita. Conozco a Julio. Él también me conoce. Su padre es un librero en cuya caseta de la feria he firmado más de una vez. Lo recuerdo echando una mano, estaría terminando la carrera; colocando mis novelas en el mostrador, atendiendo a los clientes. La gente capaz de arremangarse para arrimar el hombro siempre se ha ganado mi respeto. Su padre me contó hace unos años, orgulloso, que ya era cirujano.
Sólo nos queda cruzar los dedos y esperar. Estoy helado. Nos tapamos los tres en la sala de espera vacía con un sábana hurtada de un cesto. Gastamos bromas para aliviar la tensión. Son las cuatro cuando Julio nos cuenta que todo ha salido bien. Quiero hablar un momento con él, a solas, pero no es posible. Una de las mujeres se queda a pasar la noche en el hospital. A la otra la llevo a su casa. Luego recorro un camino que se me antoja más largo que nunca para informar a alguien que espera, paciente, sin pegar ojo pero sin molestar; ni llamar siquiera. Casi amanece cuando por fin hablo con él. Qué paradoja: traigo una buena noticia y es el momento más triste de estas noventa y seis horas.
Hay que esperar, nos dijo Julio. Y eso hacemos. No vuelvo a ver al cirujano hasta dos días después, cuando visita a la paciente. Lo acompaño al pasillo para darle las gracias. No puedo darte un abrazo por la puta pandemia, le digo, poniendo la mano en su hombro, pero te lo debo. No me debes nada, responde. Palmea mi espalda y asiente, satisfecho, como si salvar una vida no fuera importante. Julio no debe de tener mucho más de treinta años y es un cirujano cabal, tranquilo y amable. La gente grande de verdad se sacude con pudor los méritos que otros les adjudican. Los mediocres caminan como pavos reales esperando que los demás les den las gracias por existir.
Aún tuve ocasión de ver a Julio un rato después: caminaba hacia el ascensor, mochila al hombro. No sabía que lo miraba. Yo tampoco sabía si volvía a casa, buscaba la habitación de otro paciente o acudía a una urgencia. Pero tenía el aire tranquilo de un héroe lúcido. Una de esas personas en cuyas manos sabes que puedes poner tu vida y la de los tuyos. Si, como yo, de niños soñasteis con ser un héroe, os diré que he visto a uno. Y es una suerte: por desgracia, no abundan.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2020

Comentarios
Un fuerte abrazo
Guillermo R.