53 gramos
Soy un grafómano irreductible. No reniego de la tecnología pero me encanta escribir a mano, con pluma si es posible, pero me basta un bolígrafo o rotulador de trazo firme y caudaloso. Desde niño he usado cualquier cuaderno. Conservo las libretas de anillas de hace cuatro décadas, con papel cuadriculado, donde escribía en secreto lo que me pasaba por la cabeza, lo que sentía, lo que imaginaba.
Hace muchos años que mis cuadernos de cabecera son los Moleskine. Los he frecuentado en todos sus formatos hasta reducirlos a tres: 9 x 14 y 13 x 21 para notas, según quiera llevarlo en el bolsillo, lo use en mi despacho o lo guarde en la maleta; y 19 x 25 para los primeros borradores, a veces en tapa blanda pero cada vez más en tapa dura negra y siempre con rayas. Al contrario de lo que sostenía Juan Ramón Jiménez y tomó prestado Ray Bradbury en las primeras páginas de Farenheit 451 (“Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”), me resulta mucho más cómodo y placentero escribir en papel con rayas.
Hoy llega el turno de jubilar uno de ellos. Lo inauguré a finales de mayo de 2019 y lo clausuro a mediados de octubre de 2020. Diecisete meses volcados en una suerte de diario, libro de viajes, notas para historias que quiero escribir, apuntes sobre asuntos que me interesan, palabras que me gustan y conocía y otras que no conocía, frases, entradas de espectáculos y recuerdos pegados en algunas páginas; además, sesenta y dos momentos memorables y espero que no irrepetibles, facturas de hoteles y de restaurantes, pequeños folletos y siete post it colocados en lugares estratégicos para no perder el tiempo cuando tenga que buscar algo importante.
No suelo releer estos cuadernos. Escribo por el puro placer de desahogarme, esforzarme en ser sincero conmigo mismo y sentir el roce de la pluma sobre el papel. Pero al estrenar hoy otro cuaderno idéntico al que acaba he querido pesarlos. Sólo hay 53 gramos de diferencia, por unos pocos papeles y la tinta gastada en 400 páginas.
El mundo ha cambiado mucho desde que empecé ese cuaderno que cierro hoy. Yo también he cambiado. 400 páginas de sueños y de pesadillas, de alegrías y de decepciones, de dudas y de certezas, de viajes y de hospitales, de proyectos y de fracasos. De cosas buenas y de cosas menos buenas. La vida misma en sólo 53 gramos. Más del doble de lo que pesaba el alma en aquella película de González Iñárritu. No está mal.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2020

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