Clásicos


Si quiero ser honrado, no puedo sino reconocer que cada día que pasa me gusta más lo antiguo. Aunque preferiría no padecer cierto desamparo cuando salgo a la calle sin el móvil, no reniego de los parabienes de la tecnología. Con los libros me pasa igual: descubrí hace unos meses las ventajas del lector electrónico (desayunar con las manos libres mientras disfruto de una novela o hacerlo a la luz de la luna resulta estupendo), pero sigo prefiriendo el papel. Y confieso sin rubor el placer físico, no sé si orgásmico, cuando la tinta fluye desde la pluma hacia las páginas de mi cuaderno. 
           De orgasmos hablaba el otro día con alguien que quería convencerme de las ventajas del sexo tántrico. Por lo visto, dominarlo requiere de esfuerzo y sacrificio. Puesto que muchas de las cosas que merecen la pena no pueden conseguirse sin esfuerzo ni sacrificio, me pareció bien. Pero prefiero los clásicos, repliqué. Sin entrar en detalles de si es mejor hacia dentro o hacia fuera (allá cada cual con sus preferencias; y las metáforas si las explicas pierden la gracia, como los chistes), puse como ejemplo el cine. La película Parásitos, por ejemplo, le dije. La primera vez que la vi, salvo algunos detalles puntuales, me dejó frío. Pues con los asuntos tántricos es lo mismo, continuó con la noble labor proselitista: se trata de esforzarse. Como uno va cumpliendo años y procura evitar discutir, opté por cambiar de tercio (la ola de calor, la guerra de Ucrania o la Liga que acaba de empezar, por fortuna son temas recurrentes). No le conté que, como me sentía miserable porque todo el mundo menos un servidor veía al emperador vestido, volví a zamparme Parásitos con los mismos bostezos como resultado. Tanto me aburren ciertos experimentos cinematográficos, y literarios, que me emocionan más los clásicos que algunos estrenos. Como siento una debilidad incurable (tampoco pienso curarme) por los libros que hablan de cine, ando enfrascado en las memorias de John Huston. Las vidas de algunos de esos tipos que apuntalaron el negocio en una época irrepetible daría para más de una película. En México, siendo muy joven, compra una pistola con el cañón bien largo para dirimir una disputa batiéndose en duelo, pero su madre le sale al encuentro y lo convence de no seguir adelante. O la impagable anécdota de cómo una urgencia intestinal inoportuna (con el ventilador esparciendo mierda por el cuarto de baño) le estropea una noche de pasión; o la pelea a puñetazo limpio con Errol Flynn (los dos eran boxeadores experimentados) en casa de David O. Selznick, de la que una vez oí hablar al director de El tesoro de Sierra Madre en un documental. Errol Flynn: canalla, putero, golfo y bebedor del que cuentan que tocaba el piano con bastante solvencia, y no precisamente empleando las manos… O la respuesta del propio John Huston cuando lo acusaron de comunista durante la vergonzante Caza de Brujas: “No me gusta tener miedo. Ni ver a otra gente asustada. Lo que de verdad me gusta son los caballos, las bebidas fuertes y las mujeres”. 

Si un director de cine tuviera el valor de decir hoy algo así tendría que dejar el negocio. Un antiguo es lo que soy. Por eso cada vez siento más devoción por los clásicos del cine: por las películas y por quienes las hacían. Para el sexo también soy antiguo, o clásico; o moderno, según se mire. Pero si pensabais que os iba a dar detalles os habéis equivocado de sitio… 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2022

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