Vuelta a la normalidad
Me entero de la vuelta al colegio de los niños ucranianos y recuerdo que no hace mucho leí que en el país que aguanta las embestidas rusas como una aldea gala irreductible también había comenzado la liga de fútbol. Era una buena noticia. Da igual que te guste dar patadas a un balón o mirar cómo lo hacen otros; o que no te guste. La vida sigue adelante a pesar de las bombas y de los invasores. Igual que la algarabía de los críos en las aulas, los domingos con fútbol es una de esas situaciones extrañas que suponen la vuelta a la normalidad, por absurdas que parezcan. No olvidemos que los Panzer de la Wehrmacht se detenían con disciplina marcial en los semáforos en rojo de Varsovia. Este mes se cumplen ochenta y tres años. Pero lo del fútbol en Ucrania también es una mala noticia: la vida continúa porque no queda más remedio, pero la guerra permanece. O, lo que es peor: se acepta que la guerra va para largo y hay que seguir viviendo. Los rusos se empeñan en la conquista, los ucranianos se empecinan ― qué término tan español―en resistir y el resto del mundo mira la guerra desde la grada hasta que un día, aburrido en un partido que nunca pasa del cero a cero, un árbitro cansado ordene que el resultado se decida lanzando una moneda al aire. Estas monedas suelen estar trucadas y basta un tahúr habilidoso ―si es que no acabo de usar un pleonasmo―para sacar la correspondiente cuando las partes hayan elegido cara o cruz.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2022
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