El príncipe de las manías
Me fascinan las personas maniáticas. No se trata de admiración, sino curiosidad antropológica. Uno de mis obsesos preferidos es el personaje que compuso Jack Nicholson en Mejor imposible. Tal vez lo recordéis: ese escritor que caminaba por Manhattan cuidándose de esquivar las juntas de las baldosas. Pero una de las cosas buenas de la ficción es que al cerrar las tapas del libro o acabar la película vuelves al mundo real. Jack Nicholson al final se llevó al huerto a Helen Hunt. Nunca sabremos cuánto duró la relación, pero presumo que ella no lo habría aguantado más allá de lo que dura la ceguera del enamoramiento. Por tanto, me fascinan los maníaticos, pero de lejos... En realidad, creo que el problema no son tanto las manías (cada uno tiene las suyas y no seré yo quien arroje la primera piedra) como que el maniático (o la maniática: en determinados asuntos conviene ser paritario) considere que su forma de comportarse es el resultado de una evolución privilegiada (cuando no un regalo adquirido al nacer) y los demás han de estar agradecidos por recibir sus enseñanzas. En cuestiones de pareja las manías acaban convirtiéndose en una tortura directamente proporcional a las ganas de recuperar la libertad.
Como no me interesan nada los detalles protocolarios de los funerales llevo unos días librándome de ver los telediarios, pero con tanto furor isabelino resulta imposible ausentarte por completo de la actualidad. Además, pocas cosas me gustan más que observar el comportamiento de la gente. Se ha hecho viral una imagen del flamante nuevo rey británico maldiciendo porque una pluma le ha manchado las manos. "I can´t bear this bloody thing!". A mí me pasa lo contrario: cada día contemplo como un trofeo los distintos colores de mis dedos; cuanto más amplio es el espectro más satisfecho me siento ya que he gastado los cartuchos de varias plumas (las alterno con distintos colores) y me ha cundido el trabajo. Ya no me acordaba, pero entre las petulancias de niño malcriado que gasta Carlos III está llevar su propia cama ortopédica y un inodoro cuando unos amigos lo invitan a pasar unos días en su casa. Una cosa me ha llevado a la otra y, como diría el gran Javier Marías, al que tanto vamos a echar de menos, no he querido saber pero he sabido: parece que la pasta de dientes ha de ser depositada cada noche por su asistente con escuadra y cartabón en su cepillo; los cordones de los zapatos planchados y hace años por lo visto le servían en el desayuno seis o siete huevos para que el príncipe maniático pudiera elegir aquel con la textura más adecuada para su principesco paladar.
Dicen que con los años Camilla Parker se ha ganado el corazón de los británicos. Poco me parece. Si los anglicanos creen en el cielo (disculpad mi ignorancia), también estoy convencido del lugar privilegiado que, desde hace años, le tendrán reservado.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2022
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