Funerales en Navidad



Por algún motivo que no me preocupo de racionalizar, padezco una peculiar alergia a las bodas y a los funerales. Si pudiera sólo iría a los míos, pero si leéis esto es porque aún sigo vivo (ya que estamos: cuando me llegue la hora brindad a mi salud, cantad una canción o buscad a alguien con la voz bonita para que recite un poema y luego enterrad las cenizas a la sombra de algún olivo anciano); tampoco me he casado y creo que cada día que pasa resulta más difícil, aunque nunca se sabe: la única condición que pongo es no llevar un anillo porque me gusta tener las manos libres. 

Pero si me planto en un funeral o en una boda es porque me tocan muy de cerca y siento que debo ir, sin que nadie me obligue y mucho menos sin sentirme comprometido. Estas Navidades se han clausurado con el funeral de una persona muy cercana y muy querida. Acaso lo fácil o lo lógico sería decir que si todos los funerales son tristes aún son más tristes durante la Navidad. Las luces celebran la fiesta pero la vida sigue a lo suyo. Tantos años trasegando palabras y en un funeral no se me ocurre nada que no suene a tópico manoseado. Por eso prefiero no quedarme más que lo justo. También porque enseguida la tristeza se entrevera de alegría inconfesable al encontrar a viejos amigos y no quisiera ser malinterpretado. 

No soy creyente y carezco de ese soplo de paz o de consuelo de quienes tienen fe, pero también he estado en la iglesia el día siguiente, no soy capaz de no ir, y sentado en un banco junto a otros viejos amigos de la infancia escucho la voz de un cura al que uno de los pilares del templo y la gente me impiden ver. Nunca sé cuándo levantarme en una misa, cuándo estar sentado, cuándo dibujarme una cruz en la frente o fingir que lo hago. Todo sucede por imitación. Pero el sentimiento es genuino. Y allí sentado me entero de una hermosa historia que no conocía o no recordaba. La metáfora que resume el talante de quien nos ha dejado. La alegoría de toda una vida. Son habituales y excusables los ditirambos a los finados. Sin embargo ayer todo era verdad. Qué suerte marcharse tan en silencio, sin molestar. Qué bonito ser recordada con tanto cariño.

 Descanse en paz. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2023

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