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Rafa me manda un artículo esta mañana con una sentencia judicial. Rafa es abogado. Luego hemos quedado con otro amigo, Juan Antonio, también abogado. Me agrada pasar tiempo con gente que conoce bien su oficio y soporta con paciencia las preguntas con que los profanos curiosos los asaeteamos. Rafa, además, es un tipo inteligente que, a pesar de no conocerme demasiado, me suelta con respeto pero sin tapujos lo que opina de mí. Resulta muy útil saber lo que los demás piensan de ti. Juan Antonio también es así. Y Manolín. Buena gente, buenos amigos. Hay cosas de las que uno no es consciente hasta que te las verbalizan mirándote a los ojos. Bien aprovechado, un rato donde alguien te cuenta cómo eres te eleva un par de peldaños. Lo digo de verdad. También, con el tiempo he aprendido que, por muy reservado que seas, resulta muy saludable abrirte las entrañas ante gente estupenda cuya opinión, estés de acuerdo o no, te enriquece tanto. Por muy poliédrica que pueda ser tu perspectiva ―y vaya si me esfuerzo en que la mía sea así―siempre es parcial.
Una sentencia judicial, decía. Te la mando por si luego no tenemos nada sobre lo que polemizar en la sobremesa, apunta Rafa, guasón. El idioma inglés fabrica verbos con facilidad envidiable. Casi siempre basta con poner tres letras (ing) detrás del sustantivo. Stealthing, viene a ser algo así como hacer las cosas sigilosamente, con trampa y ganas de engañar, vaya. En el texto que me envía Rafa se refiere a un tipo que, metido en faena con una mujer, se había quitado el condón para penetrarla a pesar de la advertencia previa de ella de no tener relaciones sin protección. Al tipo le han endosado dos años de cárcel además de 5.000 euros de multa. No es moco de pavo. No dudo de la sinceridad de la señora, tampoco del sufrimiento que la llevado a un tratamiento con psicoterapia en un centro especializado. Parece ser que, antes de meterse en faena, ella también le había pedido que excluyese de sus comentarios la palabra “follar”. Si acaso, como mucho, sólo podía referirse al espinoso asunto que estaban a punto de tratar con la “F”. A mí me parece bien que cada uno pacte los encuentros sexuales como desee, bien estableciendo las normas y los límites que considere oportunos, bien haciendo caso al maestro Sabina: “La buena reputación conviene dejarla caer a los pies de la cama”. Yo prefiero la segunda opción. Pero, aunque jamás haría nada que una mujer no quisiera (que levante la mano quien se atreva a decir lo contrario y lo retaré a un duelo para restablecer mi honor), estoy chapado a la antigua, me temo. Y como en el fondo soy un cínico vocacional, intentaré luego, cuando hayamos dejado sin reservas la bodega del bar, convencer a estos dos tipos, a ver si me redactan un acuerdo previo para firmar antes de seducir a una mujer. Va a resultar muy frío, pero es la forma más inteligente, me temo, de evitar malentendidos.
A estas alturas de mi vida, problemas los precisos.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024
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