Bajar los brazos

 

Aprieta el calor. Es uno de esos días en los que el verano amenaza con llegar demasiado pronto, cada año antes. El desierto avanza implacable hacia el norte. Nueve farmacias llevas recorridas en un radio de treinta kilómetros. Buscar aparcamiento, hacer cola, enseñar la receta en el móvil. Fuiste a la primera después de comer. Son casi las ocho de la tarde. En la penúltima, una chica con acento eslavo ha llamado a otra farmacia, muy lejos, para preguntar si tienen lo que necesitas. Los medicamentos de uso veterinario suelen venderse por encargo. No tardan más de veinticuatro horas, pero muy temprano al día siguiente tienen que ponerle la primera inyección y quieres dejarlo resuelto esta tarde. ¿Cuántas veces te has puesto enfermo y no has ido al médico? Casi todas. ¿Cuántas veces has preferido esperar a que la naturaleza siga su curso en lugar de tomar una pastilla? Casi todas. Pero qué distinto es cuando no se trata de ti. Y qué raro puede parecer a tanta gente que además sea un cuadrúpedo peludo. No se trata de caer en lugares comunes. Los perros son perros, no personas. Lo sé. No hace falta que nadie me lo explique. Pero es mi responsabilidad cuidar del mío, de la misma forma que cuido a gente muy querida o que está bajo mi techo, como Gacel Sayah, el tuareg con principios inquebrantables de la novela de Vázquez-Figueroa, que se dejará la vida para intentar devolver la libertad al fugitivo que secuestraron cuando era su invitado. Así es como entiendes el mundo, y a estas alturas no vas a cambiar, chaval, por muchas razones, la primera porque no quieres cambiar: nunca hay que rendirse, sobre todo cuando se trata de otro, mucho más si nadie puede hacer lo que tú estás haciendo. Aunque sepas que muy probablemente no servirá de nada. Porque jamás te perdonarás haber bajado los brazos.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024

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