El chichi pa farolillos

Lo confieso. Antes disfrutaba de la feria, aunque sólo haya bailado alguna sevillana bajo amenaza de tortura. Mis padres eran socios de una caseta a la que venían los amigos. Pero los años pasan, los tiempos cambian y ciertos amigos desaparecen cuando dejas de subvencionarles el vino, el jamón y las gambas. La feria tiene algo especial: quien no haya paseado nunca por el real con una mujer hermosa vestida de gitana cogida de su brazo no sabe lo que se pierde. Pero como casi todo, el problema es cuando divertirse, sonreír, alternar, bailar, incluso emborracharse, se convierten en una obligación, como la de soplar matasuegras en un cotillón de nochevieja.
Queda toda la semana de imágenes en los telediarios y espacios radiofónicos copados por la feria. En demasiada gente, me temo, acaba prendiendo la idea de que en el sur no hacemos otra cosa salvo levantarnos de la siesta para irnos de juerga, como vociferaba Clara Lago en Ocho apellidos vascos. Por desgracia, ningún tópico se sostendría si no albergase ciertas verdades incómodas. Pero sería bueno también dar voz a los andaluces que no pisan la feria, no les gusta o incluso les incomoda. Sorprendería comprobar cuántos no tienen el chichi pa farolillos. Pero para eso hace falta rascar un poco más allá de la superficie. Y suele dar pereza. 

 © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda