Macarena


La noche ha sido de esas que no se acaban por culpa del insomnio. Es raro, porque, salvo casos aislados, como hoy, llevo años durmiendo con placidez suficiente para quien se ha pasado más de una madrugada en blanco. El absurdo cambio de hora y algo que no debí hacer ayer a última hora de la tarde tienen la culpa, me temo. Harto de dar vueltas en la cama me levanto, pongo la tele y busco algo que no me importe perderme cuando me quede dormido. Elijo un documental sobre la canción Macarena, por pura curiosidad y, quién me lo iba a decir, me zampo los dos episodios seguidos, fascinado, hasta que los pájaros saludan el amanecer y tengo que adecentarme para salir al campo de batalla y solucionar los problemas del lunes. No exagero al confesar mi fascinación, no por la canción, que nunca me ha gustado y mucho menos he bailado. Sus creadores aseguran con socarrona ligereza que no puede haber nadie en el mundo que no haya bailado al menos una sola vez la canción de la novia de un tipo que se apellida Victorino. No es mi caso, desde luego. Pero yo no suelo bailar. Llevo años posponiendo aprender a moverme al ritmo sensual de un tango, pero todo se andará. 

 Es cierto, mucha gente la cantaba y la bailaba. Pero aún no me he recuperado de la impresión de ver, hace muchos años, al vicepresidente Al Gore anunciar con entusiasmo de pinchadiscos que su canción favorita estaba a punto de sonar en una convención demócrata. La sensación fue la misma en 2013, al sentarme en la butaca de un cine y ver al mismísimo George Clooney al principio de la espléndida Gravity  mencionar la canción. En cuanto pude volví a ver la película en versión original, por si había sido cosa del doblaje. Pero no, el astronauta al que interpretaba Clooney hablaba de la canción Macarena con toda naturalidad antes de que empezase el desastre. 

El documental es muy interesante. Te enteras de cómo llega el tema de Los del Río a Estados Unidos. De  cuánto dinero pueden haber ganado, de versiones, de acusaciones de plagio. A mí sigue sin gustarme, pero soy de esos aburridos que sólo son capaces de disfrutar con Dire Straits, Leonard Cohen, Serrat o Sabina. Gente así. La conclusión es que hay Macarena para rato. No deja de versionarse, de escucharse, de bailarse, de provocar un diabólico éxtasis contra el que por lo visto estoy vacunado. Pero insisto, el raro debe de ser un servidor. Ayer vi al mismísimo Colin Powell bailándola en esa convención demócrata. Esa imagen no la conservaba mi memoria. Colin Powell, sí, el Secretario de Defensa al que unos pocos años después la invasión del islote de Perejil le privó de un fin de semana en la piscina con sus nietos. That fucking island, parece que dijo. Quién sabe si puso Macarena para relajarse y gracias a eso nos libramos de la Tercera Guerra Mundial. No sé si Vladimir Putin también habrá bailado la canción de Los del Río. Si es así, me encantaría verlo. No dejéis de mandarme el vídeo si lo tenéis, por favor. Cuando se me pase la impresión ya os contaré si me parece bueno o malo. Si significa una esperanza para el futuro o la prueba irrefutable de que, por mucho que lo intentemos, no hay quien nos salve de la extinción. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024

 

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