Sensibilidad


Polemizaba amablemente (valga el fácil oxímoron) ayer en Facebook con Juanma, compañero de los felices tiempos radiofónicos. Mencioné varias películas de Robert Zemeckis, entre ellas Forrest Gump Náufrago. Sin restar méritos a la primera, que son indudables, prefiero la segunda. Juanma se decanta por la primera. Nada grave: seguro que mucha gente piensa como él. Sin embargo, yo creo que Forrest Gump tiene muchos asideros a los que agarrarse, desde el impagable protagonista hasta los distintos escenarios y situaciones que recorren varias décadas del siglo XX. Náufrago no puede aprovecharse de tantos recursos. Por eso resulta, a mi juicio, mucho más meritoria. Porque, también a mi juicio, claro, es una obra maestra. 

Pensaba escribir un breve texto en plan guasón para pinchar a Juanma. Tal vez habría bastado con el párrafo anterior, aunque no asome la guasa en ninguna línea. Pero Náufrago me trae a la cabeza varias cosas que prefiero no guardarme, por muy personales que parezcan y tal vez lo sean y me lleva a pensar sobre otros asuntos. Quien quiera seguir leyendo, bienvenido será, por supuesto. Esta es su casa.  

Empecemos por el final, para mí lo mejor de la película: Chuck Noland (hay nombres de personajes que merecen un premio) entrega el único paquete que ha guardado durante varios años en la isla, sin abrirlo, porque llevarlo a su destinatario era un acicate muy potente para no rendirse. “Este paquete ha salvado mi vida. Gracias.”, escribe en una nota al dejarlo en la puerta. Una vez cumplido con su deber, se encuentra en un cruce de caminos, se sabe un hombre distinto. No le faltan motivos para ello. A partir de ahora puede tomar el rumbo que quiera. Qué más da cuál. Ya nunca más importará la meta. Tal vez ni siquiera el camino, sino la forma de recorrerlo. Sonríe, apenas lo entrevemos, pero sonríe. No sé a vosotros, pero a mí me sobrecoge.

Hace unos años, un guionista me dijo que le cuesta ver Náufrago por la emoción que le provoca. Me pasa lo mismo. Es una suerte de Síndrome de Stendhal. He buscado la secuencia final antes de ponerme a teclear y se me ha vuelto a poner el vello de punta. Literalmente. Soy afortunado, muy poca gente lo sabe: me pasa a menudo cuando leo (nunca cuando escribo), veo una película o hablo de cosas que me tocan muy hondo. Me sobran los dedos de una mano para enumerar a las personas que me han visto emocionarme así, de esa forma tan íntima, todas son mujeres y una de ellas es mi madre: la carne de gallina, hasta siento escalofríos, a veces apunta una lágrima; en la butaca de un cine o en el sofá, paseando o charlando mientras conduzco, o mirándolas a los ojos mientras tomamos un café, una copa de vino o disfrutamos una comida sabrosa. Es un instante discreto, no soy amigo de los aspavientos. Suelo hablar de sentimientos (si de algo tratan mis libros es de eso, de sentimientos) sin demasiado pudor, pero sólo soy (o he sido) capaz de mostrarme tan vulnerable y tan transparente (y benditas vulnerabilidad y transparencia) con ellas. Y me encanta hacerlo. Quizá porque la sensibilidad no es un defecto, sino una virtud. Quizá porque hay que ser muy valiente para mostrarla.


 

 

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda