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Hace años Michael Douglas confesó su adicción al sexo. Parece que estuvo tratándose en una clínica de desintoxicación antes de casarse con Catherine Zeta Jones, lo que debe de ser como ir a vendimiar y llevarse uvas de postre. En realidad no sé, y ahora que lo escribo creo que tampoco quiero saberlo, qué te hacen en una clínica de esas. Me cae bien Michael Douglas, pero prefiero al padre. Recuerdo esa sonrisa socarrona, todavía era como ver a Espartaco, cuando le preguntaron acerca de la afición desmesurada de su hijo por indagar debajo de las faldas de las mujeres. ¿Dónde está el problema?, preguntó. Yo he sido sexoadicto toda mi vida. De la sospecha de que la culpa del cáncer de garganta de su retoño la tenía el sexo oral no recuerdo que dijese nada. Tampoco es eso de lo que quiero hablar.
Resulta que mi amigo Daniel, dotado de un fino instinto para determinados asuntos, me contó hace un par de días que Tiger Woods, otro rijoso declarado (me refiero a Michael Douglas, no a Dani) ha renunciado a tener relaciones sexuales durante el Máster de Augusta. No sabría decir si poseo suficientes conocimientos sobre sexo, pero desde luego no tengo ni puñetera idea de golf. Alguna vez he estado tentado de acompañar a Sergio, otro querido amigo, cuando tras tomar un café se despide para ir a jugar, pero al final me he escaqueado. Lo más cerca que he estado de un torneo de golf fue al ver la deliciosa Tin cup, donde a Kevin Costner no le fue mal revolcándose con la inigualable René Russo de entonces mientras competía.
Verdad o no, lo de Tiger Woods como excusa resulta insuperable. Lástima que el Máster de Augusta sólo sea para unos pocos elegidos. Woods no tiene pareja, al menos eso dice, pero cualquiera que deseara abstenerse de cumplir con la legítima durante una temporada ya dispondría de coartada. Al revés también: ¿quién sabe si Tiger Woods ya no se come un rosco y se justifica con la exigencia extrema de la competición? No sé jugar al golf, ya lo he confesado. Pero si os digo que tengo que cuidarme como un monje tibetano, digamos hasta los juegos olímpicos de 2028, pensad que hasta puede ser verdad. O que ando tan concentrado en la escritura de una nueva novela que no puedo atender la demanda insostenible de mujeres que desean tener una cita conmigo, algunas por decimosexta vez. Lo primero es lo primero. Seamos sinceros: el sexo es cosa de guarros, de hombres débiles incapaces de privarse de un rato de pasión por alcanzar un bien mayor. Espero que ya nadie se acuerde de cuando escribí en esta bitácora que no se me ocurría mejor forma de morir que por agotamiento sexual en las Maldivas. Y que, en un momento dado, lo único negociable podría ser el lugar, pero no la forma de eutanasiarme.
En fin. Iba a escribir ayer este artículo, pero sucedió algo triste que me toca muy de cerca y se me quitaron las ganas. Pero hoy me he dicho, qué demonios. Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa; que recomendaría Santa Teresa de Ávila. Que no te quiten la alegría, chaval. La alegría de escribir. La alegría de pelear. La alegría de estar vivo.
Pues eso.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024
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