Siempre he encontrado un punto forzada la clasificación por generaciones, una especie de encasillamiento oportunista más cercano al marketing dirigido a un sector que a veces, me temo, tiende a comportarse de una determinada manera no tanto porque lo sienta sino porque lo marca la tendencia. Al cabo, quizá la taxonomía generacional no sea sino otra forma tribal de diferenciarse, tan antigua como la vida misma, vaya. Pero dos desayunos seguidos conversando con personas de mi generación (si entendemos por misma generación a gente de la misma edad o sin mucha diferencia de esta) sobre las generaciones posteriores me empuja a curiosear un poco. Siempre pensé que me encontraba en el bando del
Baby boom.
Boomers, parece que se dice ahora. Nací en 1969, el mismo día que Neil Armstrong estaba a punto de saltar del módulo lunar para dejar la huella más famosa de la Historia. Pero, según qué clasificación consultes, parece que los
boomers acabaron su reinado en 1964 o 1968 para dejar paso a la siguiente hornada: la Generación X. Esto es, los nacidos, más o menos, entre 1969 y 1980. Supongo que soy una especie de bisagra, el producto fronterizo entre dos generaciones. Lo que no deja de tener sus ventajas. Luego están los
millenials, o Generación Y (1981-1993). A estos les sigue la Generación Z (1994 - 2010). Sin olvidar que antes de los
boomers está la
Silent Generation, la de los niños de la posguerra, esto es, los nacidos entre 1930 y 1948. Según el gráfico que veo, cada generación tiene unas características bien definidas. Estos últimos (
Silent Generation), marcados por los conflictos bélicos y a menudo por el hambre, destacan por la austeridad. Como yo ando a caballo entre los boomers y la Generación X, debo de estar dotado de una enorme ambición (
boomers) y obsesionado por el éxito (Generación X). A los
millenials parece que los acompaña cierta frustración congénita y a los últimos (Generación Z) les va la irreverencia.
No lo sé, la verdad. Tampoco pretendo aleccionar a nadie. Lo escribo para aclararme un poco el batiburrillo. No sé si en otros siglos se daba esta taxonomía generacional.
No me refiero a inevitables conflictos generacionales, sino a supuestos detalles que los diferencian hasta límites irreconciliables. O al menos de una forma tan marcada. Supongo que cuando uno ha de preocuparse por sobrevivir no puede perder el tiempo en determinadas vaguedades existenciales: Primun vivere deinde philosophare. Lo único que sé es mi admiración y mi respeto por las generaciones que me precedieron, se llamen como se llamen. Nunca he dudado que lo tuvieron mucho más difícil. También, confieso cierta envidia por los que tienen cinco, diez o quince años más que yo: les tocó una época mucho más salvaje, más efervescente, más interesante. Parecía que todo estaba por hacer y por descubrir. Pero será que cuando muy jovencito me gustaba mucho estar con amigos que me sacaban unos cuantos años, conversar con ellos, ver cómo se comportaban; hasta que un día me di cuenta de que, cada vez más a menudo, yo era el mayor de todos. Sospecho que las generaciones que me suceden no sienten esa curiosidad por las anteriores. Nada que objetar. Eso sí: peor para ellos.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024
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