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Aunque soy de los viejos dinosaurios que acercan la nariz al papel y cierran los ojos para disfrutar del olor, reconozco las numerosas ventajas de la prensa digital. Quizá la mayor de todas sea leer los comentarios al hilo de cualquier noticia. Será por la fascinación incurable que me provoca la condición humana, pero tanto me gusta que se está convirtiendo en un vicio preocupante y a menudo he de respirar hondo para no lanzarme de cabeza a las opiniones de los lectores. Me ocurre algo parecido en los bares, casi siempre mientras desayuno (a otras horas no suelo acodarme solo en ninguna barra): rara es la reunión en la que no hay un todólogo, o varios. Ya sabéis, esa gente que sabe de todo y gasta saliva en predicarlo entre quienes tertulian con ella y, si puede ser, también con cualquiera que tenga oídos. Internet no refleja sino la vida misma, vaya. O quizá sea, cada vez más, por desgracia, la vida misma. Hace cuatro años abundaban los expertos en pandemias, aunque muchos nunca antes hubieran usado, quién sabe si tampoco conocido, esa palabra. Tanto sabían algunos que pensabas lo injusta que había sido la Academia Sueca no premiándolos. Ya sabéis: de fútbol y de medicina, todo el mundo opina. Y de leyes, y de libros (ay, cuántas almas generosas gastan su tiempo en enseñarte cómo debes hacer tu trabajo…), y la forma de educar a los hijos, y de dónde deberías ir de vacaciones o cómo gastar tu dinero. Luego vinieron los expertos en vulcanología (a menudo eran los mismos de antes, convenientemente reciclados tras un paseo por Wikipedia, aunque algunos atrevidos ―la ignorancia suele ser muy atrevida―se lanzan al ruedo según les dicta su sentido común, y así les va; así nos va), en el separatismo catalán, en Ucrania…
Escribo esto porque la semana pasada, mientras las cofradías se quedaban en los templos por la lluvia, un objeto volador cruzó el cielo a gran velocidad. No pude evitarlo, ya lo he dicho más arriba: en cuanto veo cientos de comentarios me empieza a babear el colmillo. Hoy parece lógico, incluso sencillo: un meteorito, el resto de un satélite… Pasa todos los días. Pero leías las teorías sobre ese bólido aéreo y te daban ganas de escribir algo, sacudir un poco el avispero, en plan Orson Wells y los marcianos, para que la gente no se aburriese durante las vacaciones y con tan mal tiempo. No habría resultado descabellado si tantos todólogos sostenían, con preocupante o risible ligereza (espero que lo segundo) que fuese un misil francés, o ruso, o el Falcon de Pedro Sánchez, o los primeros disparos de una guerra termonuclear, o el preludio del apocalipsis… En fin. Una vez llegado aquí, he de confesar que me habría ahorrado escribir el artículo citando a Bertrand Russell, que, como la mayoría de la gente inteligente que frecuento, en los libros y en la vida (a veces son lo mismo, sí), huía de las certezas: “El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.
Pues eso.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024
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