
Hace poco lo conté aquí: suelo anotar lo que hago cada día, aunque sea una sola línea, y lo puntúo del uno al diez. La memoria suele ser traicionera y uno corre el riesgo de recordar sólo lo bueno y soslayar o malo. O viceversa. Resulta útil comprobar, al mirarlo con distancia, que lo que ahora parece extraordinario en realidad fue sólo bueno o que lo que recuerdo como terrible en realidad sólo llegó a regular. En cada día caben alegrías y tristezas, satisfacciones y decepciones. La cifra resultante una vez realizadas las operaciones aritméticas es lo que llamamos vida. También, desde hace años anoto los títulos de las películas que veo, los libros que leo, las obras de teatro, los documentales, las series… No es por incrementar la cifra cada año, eso me da igual, sino porque, a pesar de que la memoria es uno de los escasos dones que tengo (y a menudo, lo reconozco, también una maldición), prefiero dejar constancia. Si el libro, la película, la obra de teatro, el documental o la serie me han gustado mucho, añado un asterisco. Si ha sido tan extraordinario como para dejarme tumbado pongo dos, pero por desgracia eso sucede muy pocas veces. Casi nunca, vaya. No anoto los títulos de las películas que abandono al poco de empezar o los libros que vuelvo a dejar en la estantería al cabo de unas pocas páginas.
Esta mañana dominical llego a desayunar un poco más tarde de lo habitual. El sábado ha sido largo y provechoso (no, no preguntéis: sólo diré que la nota del día ha superado la media) y aunque suelo levantarme muy temprano incluso habiendo dormido muy poco, a esa hora la terraza del bar ya estaba llena. Me acomodo dentro, pero enseguida la camarera me avisa porque se ha quedado una mesa libre (gracias, Mónica, si lees esto: da gusto ir a donde te sonríen y te cuidan aunque no quepa un alfiler) y escribo algo (uno escribe para que lo quieran más, a veces esa frase contiene más verdad de la que parece) mientras me traen el primer café. Enseguida me pongo a leer. Si el libro me gusta soy capaz de leer en cualquier parte. Tanto me concentro que el tono del móvil de una mesa cercana (la trompeta del Séptimo de Caballería, lo juro) se va desvaneciendo como si el regimiento embocase un desfiladero o los indios los hubieran acribillado a flechazos.
Llego a la última página del libro cuando aún no me he zampado la tostada. Desenrosco la pluma, de nuevo, y me dispongo a anotar el título en el cuaderno. También añado un asterisco. Como estamos casi a mediados de mayo echo un vistazo a lo que llevo visto y leído en lo que va de año. Más o menos lo sé, pero negro sobre blanco resulta muy revelador: en la columna de la izquierda, ocho películas, tres documentales, y dos series. Dos documentales y tres películas llevan un asterisco. De estas, una lleva dos (Cerrar los ojos, la de Víctor Erice, por si tenéis curiosidad). De las ocho películas sólo una la he visto en el cine. Este año aún no he ido al teatro, pero eso espero solucionarlo en pocos días y, si los astros se alinean, por partida doble. En la columna de la derecha están las lecturas, quince libros, a saber: ocho ensayos, tres poemarios, tres colecciones de cuentos y una novela. Seis ensayos, dos poemarios y un libro de cuentos van adornados con un asterisco.
La conclusión es fácil: prefiero los libros a la tele, afino más en las lecturas (hay muchos más asteriscos), procuro que sean provechosas y soy más exigente que con las películas. Prefiero leer no ficción (ensayos, poemarios) y si es ficción tiendo a buscar cuentos pero sin abandonar las novelas. Ah, y tengo que recuperar la buena costumbre de ir más al cine. Todo esto puede parecer una tontería, pero no lo es para mí. Y, quién sabe, lo mismo a algún lector de esta bitácora le resulta útil.
Pero os dejo ya: voy a procurar mantener hoy la media de ayer. Esa aritmética que además de con los libros y con las películas tiene que ver con el mundo real. Aunque muchas veces no sepa diferenciarlos.
O no quiera.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
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