El vikingo

            Suena el timbre cuando me acabo de preparar una Seagram´s con tónica y he montado el cine de verano para zamparme uno de esos peliculones clásicos. Apenas bebo, pero este capricho me lo ha contagiado mi apreciado Juan. No creo que llegue nunca a adornar la copa con una cáscara rizada de naranja, como él acostumbra (o la pide en los bares): para determinadas florituras soy demasiado perezoso. Abro la puerta y al otro lado está el vikingo. El apelativo es cariñoso pero no gratuito. Viene a despedirse. Se vuelve a marchar muy lejos, muy al norte y por mucho tiempo. El primero de estos viajes fue hace casi una década, sin conocer el idioma y hambriento de aventura. ¿Acaso encontrarse a sí mismo no es una aventura? El camino no ha sido fácil. Nunca lo es. Ha hecho de todo por allí arriba. Un invierno lo pasó cuidando un hotel cerrado, a un tiro de piedra del círculo polar, en plan Jack Torrance pero cuerdo. No ha leído a Stephen King. Mejor para él. 

            No se queda mucho tiempo porque se tiene que ir a tocar. Su medio de vida es la música. De eso va su próximo viaje. Sigue teniendo esa mirada de artista atormentado (quizá en la creación siempre habite algún tormento inevitable), pero ahora es distinto. O me lo parece. No lo ha tenido fácil y se le ve en los ojos la satisfacción de quien ha encontrado su camino, de la mejor forma posible, sin pedir nada a nadie, sin deber nada a nadie. La confianza de quien está a punto de conseguir algo. 

Lo normal es escoger entre lo malo y lo menos malo, no entre lo bueno y lo extraordinario. Y a veces lo menos malo acaba siendo estupendo. Siempre hay lugares inesperados, puertas desconocidas, gente interesante, incluso gente buena. Se lo he dicho muchas veces, pero lo he sermoneado tanto que no me explico cómo aún sigue escuchándome sin bostezar. En sus treinta y tres primaveras no me ha faltado al respeto ni una sola vez. Con eso basta para definirlo. Es libre, mucho más de lo que yo lo era a su edad. Y valiente, también mucho más de lo que yo lo era a su edad.

Me dice que vaya a visitarlo. Que tiene habitaciones de sobra. Hablamos de auroras boreales, de Erik el Rojo, de motos de nieve. Respondo que quizá, pero me quedaré en un hotel. Nunca, salvo en momentos que no os voy a contar, duermo en casas ajenas. No me gusta molestar. Cuando se marcha nos damos un abrazo. Le digo que me llame para cualquier cosa que necesite. Asiente, pero hace mucho que no necesita nada de mí. Quién sabe si alguna vez seré yo quien lo necesite a él.

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024                

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda