Los amos del aire


 

           


 Fue Antonio Manfredi quien me recomendó la serie, no hace mucho, en un comentario en las redes sociales, no recuerdo al hilo de qué. Conoce mi gusto por la época y mi interés por los aviones de entonces. En el museo moscovita de La Guerra Patria (así llaman los rusos a la Segunda Guerra Mundial) me retraté junto a un Messerschmitt y a un Zero, sólo faltaría. Los B17 eran otra cosa. Siempre que hablo de las fortalezas volantes me viene a la memoria ese episodio de Cuentos asombrosos dirigido por Steven Spielberg a mediados de los ochenta, en el que el soldado a cargo de la ametralladora de la panza, un tipo dotado de un extraordinario talento para el dibujo, se queda atrapado cuando el avión regresa a la base con el tren de aterrizaje averiado. Al mando del B17 un joven Kevin Costner. 

            Anoche terminé el último episodio de Los amos de aire, como todos, bajo un manto de estrellas en mi cine de verano particular. Me gustó. No sólo porque tenga debilidad por la época, con esos tipos repeinados que llevan siempre los pantalones planchados, los bares con orquesta donde suenan trompetas y hay mujeres estupendas y valientes con tirabuzones fabricados en la peluquería. Me gustó, insisto, pero, como cualquier serie ambientada en esos años, no resiste la comparación con Hermanos de sangre. Aquella fue la primera producida por Spielberg y Tom Hanks. Luego llegó The Pacific y no pude pasar del segundo episodio. Valdría como excusa que la guerra con los japoneses me resulta demasiado ajena, pero entonces no babearía con El puente sobre el río Kwai Objetivo BirmaniaMe acabo de percatar de cuánto me apetece volver a ver la de Errol Flynn. 

               Los amos del aire tiene momentos magníficos de batallas aéreas, sientes la angustia de ir encajonado en un ataúd volante, pero nunca llego a creerme a los dos protagonistas, tal vez porque son muy fríos o demasiado guapos. Sin embargo, el encargado de los mapas, el que no puede evitar vomitar hasta la última papilla cada vez que sube a un bombardero y acaba convirtiéndose en un héroe (un héroe atormentado, eso es importante) se gana mi simpatía desde el primer momento. 

            Y ahora volvamos a Hermanos de sangre: ninguno de los soldados de la compañía Easyme parece de cartón. Me los creo a todos. Los entiendo a todos. Hasta me gusta el capitán Sobel, aunque sea un cabrón con mayúsculas, porque quizá sea tan cruel por sus propias miserias o traumas o complejos, pero está preparando de la mejor forma posible a los soldados para el combate. Entre esos soldados están, para quien no se haya dado cuenta, Tom Hardy y Michael Fassbender. 

            Pensaba que a estas alturas me quedarían pocos amigos que no hubieran visto Hermanos de sangre. Yo la vi la primera vez en 2002, ponían dos episodios cada jueves en AXN, y suelo dar la murga con entusiasmo a quienes creo que les puede gustar. Hace unos días Dani me contó que empezaba a verla. Hasta ahora le envidiaba esa capacidad de sacar punta con gracia a casi todo, de una forma tan natural como rápida, como sólo son capaces los muy inteligentes que además saben reírse de lo que haga falta, sobre todo de sí mismos. O su manía de nadar en el mar en invierno o la habilidad que tiene para que sus pacientes le demos las gracias después de torturarnos. Si lo anterior no fuera bastante, acaba de disfrutar por primera vez Hermanos de sangre.

            Me rindo, tío. No puedo contigo. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024                

 

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