La bomba de París
No creo en el destino. Quizá por eso lo escribo con minúscula. Creer en el destino supone aceptar que nada de lo que haga o deje de hacer importa porque el resultado ya está escrito. Me gusta ese diálogo entre Ken Watanabe y Tom Cruise hacia el final de El último samurái. ¿Crees en el destino?, le pregunta el japonés al oficial norteamericano antes de comenzar la batalla donde van a ser derrotados. Yo creo que un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado. Cito de memoria. Y paro ya porque no me he sentado a contar películas.
Con la misma intensidad que desprecio lo predeterminado me fascina el azar: cruzar un paso de peatones unos segundos antes o después de que aparezca un borracho al volante, embocar una calle en la que vas a ser atracado u otra en la que puedes reencontrarte con el amor de tu vida. Muchas cosas fundamentales dependen del azar. En alguna novela lo escribí, que lo busque quien le apetezca, y por supuesto no pasa nada si no le apetece a nadie: el azar es como las bolas de billar, una vez que ruedan sobre el tapete puede pasar cualquier cosa. También cito de memoria. Y, por raro que parezca, sería la mar de divertido equivocarme en una autocita.
También me gustan las imágenes, los gestos y las situaciones cargados de significado. Mis amigos lo saben. O lo padecen.
Hay una razón para que hable de mi fascinación por lo azaroso y de mi gusto por lo simbólico. Ha querido la casualidad que cuando el presidente del país más rico y poderoso del mundo ha humillado en público al presidente de un país derrotado para dejarlo a los pies de los caballos rusos y empiezan a soplar vientos de guerra, o al menos de amenazas inquietantes de armas nucleares, haya aparecido muy cerca de París una bomba de la Segunda Guerra Mundial. Durante horas han dejado de funcionar los trenes, se han cortado carreteras y se han desalojado edificios porque un artefacto oxidado de doscientos kilos podría reventar cualquier cosa que estuviera cerca. No creo en el destino, insisto, pero si me equivoco y alguien maneja los hilos del mundo como una marioneta debe de estar partiéndose de la risa. O no. No es para reírse. Tal vez quiera recordarnos que lo que nos parece tan lejano, en realidad no lo es tanto. A veces lo pienso cuando recuerdo mi fecha de nacimiento. Me explico: la primera de las muchas veces que he llorado en mi vida fue la misma noche que Neil Armstrong puso el pie en la luna. El mismo día, el veinte de julio, pero veinticinco años antes, el coronel Stauffenberg puso una bomba debajo de la mesa en la que Adolf Hitler departía con sus generales en la Guarida del Lobo. Sólo veinticinco años antes. No había pasado tanto tiempo. Sigue sin haber pasado tanto tiempo.
Demasiadas veces la realidad es una triste alegoría.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025
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