
Decía Javier Marías que la tristeza dura más que la paciencia de los amigos. Conviene tenerlo presente cuando la vida se complica, por mucho tiempo gastado en escuchar a amigos tristes o, casi peor, sólo neuróticos. Molestar lo justo, sobre todo cuando los días pasan muy despacio y el viento arrastra nubes negras. Agradecer siempre. Algo bueno habré hecho en la vida para que la gente se porte tan bien conmigo, le dije hace tiempo a un buen amigo cuando otro viejo y buen amigo me ofreció su ayuda en un momento delicado. No sé por qué te sorprendes, contestó. Se me puso la cara colorada cuando me lo dijo y también cuando lo escribo esta mañana mientras empieza a clarear y los pájaros despiertan a los vecinos. Ayer me llamó y le recordé aquella conversación. También le hablé de otro amigo que estos días me hizo un favor impagable (¿cómo se puede pagar lo que ahorra sufrimiento a quien más quieres?), de esos que no sabes cómo devolver. Que no puedes devolver. Quizá no me gusta pedir ayuda porque soy de natural deudor y el empeño en equilibrar la balanza me resta demasiada energía. Pero vuelvo a pensar en mis escasos méritos para que la fortuna no me dé la espalda y, aunque no crea en la reencarnación, me pregunto si en otra vida que no puedo recordar me porté tan bien para recibir en esta el cariño de un puñado de gente decente. A mí la Legión, resumió Juan Antonio ayer la situación cuando estaba poniéndome poético. No es mala forma de verlo. Estas semanas aparecen legionarios inesperados (y legionarias: aunque iban incluidas en el plural, conviene dejar claro que ellas también están). Gente que llama, gente que escribe, que se interesa por lo que pasa sin agobiar y te ofrece su hombro para reír, para llorar, para lo que necesites. Esto último fue literal, qué bonito. Me taladró el pecho, pero no se lo dije porque me aterra ponerme empalagoso. Y paro ya. Cada cual sabrá reconocerse en lo que cuento. Voy a prepararme el segundo café de la mañana. Mowgli aparecerá de un momento a otro, lloriqueando para que lo acaricie a pesar de ser tan grandullón. Hoy toca la inyección para aliviarle la artrosis. Tengo que llamar a la veterinaria. Tengo que ir a mi despacho, mandar varios correos y esperar respuesta de otros. Tengo que hacer unas cuantas llamadas, intentar resolver un par de asuntos delicados o al menos no estropearlos más. Tengo que ir al banco, pasarme por la farmacia, visitar un par de residencias, intentar dormir un poco, atreverme con alguna postura inverosímil en el tatami si encuentro un rato, qué iluso soy, por ambas quimeras: la postura y el rato. Tengo que llamar a varios legionarios (insisto: también legionarias) que han querido hablar conmigo pero yo no podía. Tengo que comentar varios asuntos con mi padre, llamar a mi hermana. Tengo que ir a ver a mi madre.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025
Comentarios