Como para tener prisa en morirse



No sé cuántos años hace que conozco a Manuel, pero más de treinta, por lo menos. Manuel es una de esas viejas y sólidas amistades, otra de tantas, que germinaron en el tatami. Pocas cosas unen más, parece, que jugar a pelearnos. Soy consciente, otra vez, que a muchos de mis buenos amigos los conocí ahí. Con Manuel, además, he compartido muchos kilómetros de bici por el campo, arreglando pinchazos en una cuneta, las reservas de agua bajo mínimos mientras pedaleábamos muy fuerte porque nos había pillado la noche y todavía estábamos lejos de casa. Por si fuera poco, me ha hecho reír como nadie ha sido capaz. En privado cuento a veces una anécdota surrealista en las duchas del dojo. No creo haberme reído nunca tanto en mi vida. Más de un cuarto de siglo después me sigo riendo con la misma intensidad y el mismo asombro al recordarla. También he visto pasar a Manuel momentos muy delicados, delicados de verdad, pero esos no me corresponde contarlos. No sé si yo seguiría en pie de haberlos sufrido. Ahora los dos practicamos yoga, supongo que no es casualidad, por eso hemos vuelto a coincidir tras muchos años. Me invita a cenar en su casa, pero como los planes han cambiado y soy tan idiota (sobre todo por lo segundo), creo que no pinto nada en la reunión familiar y le digo que no se preocupe, que mejor otro día. Me dice que no importa, que vaya de todos modos, pero es la insistencia de Carmen, su mujer, lo que me convence. Las mujeres pueden ser muy persuasivas. Llego puntual, con un libro bajo el brazo. Ya que soy tan poco considerado y no llevo comida ni vino ni dulces, qué menos que un libro dedicado. El otro día me dijo que ese no lo tenía. Sonrío, con una punzada de orgullo, cuando lo coloca en un lugar privilegiado de la estantería, al lado de otras novelas mías. Ya he tomado nota de alguna que le falta, para la próxima vez. Porque ojalá haya una próxima vez. Cómo podría no desearlo cuando me dan tan bien de comer y de beber y me tratan con mucho más cariño del que merezco. Antes de sentarnos a cenar en una mesa que mi amigo Manuel ha fabricado con sus propias manos con restos que ha ido encontrando por ahí, me enseña su casa. En mitad de la visita estoy babeando como un idiota: la vivienda, pequeña y coqueta; el jardín, la piscina, el huerto donde cultiva unos tomates por los que sería capaz de matar, las gallinas, la misma bici con la que hemos pedaleado tantas veces colgada en un pared. El garaje repleto de herramientas, como el de Clint Eastwood en Gran Torino. Cuánto me alegro, tío, le digo, intentando no ser empalagoso pero esperando que se dé cuenta de que se lo digo de verdad. Las cosas bonitas no hay que guardárselas. Me alegra cuando a la buena gente que no sabe conjugar el verbo rendirse le sonríe la vida. Cuando sabe ser feliz a pesar de los palos en las ruedas que le pone la puta vida. Me tumba una frase que Manuel recuerda de su padre mientras nos bebemos la decimoquinta copa de vino: como para tener prisa en morirse. La sentencia es luminosa como una mañana de verano, certera como el disparo de un francotirador. Basta un rato sencillo donde me pregunto, me pregunto una vez más a pesar de no creer en la reencarnación, qué hice tan bueno en otra vida para  ganarme el aprecio de un puñado de grandes personas en esta. El día ha sido complicado, extraño quizá: empezó en el funeral del padre de alguien por quien siento un gran aprecio (es lo que nos va tocando, maldita sea), tengo que cancelar el almuerzo con otros dos buenos amigos (pero sé que me lo han perdonado) y ha concluido bebiendo vino en casa de Manuel. Como para tener prisa en morirse, vengo pensando todo el tiempo, durante el camino de vuelta. Pero miento, lo tenía ya todo escrito, en mi cabeza, mientras se me caían las lágrimas de risa durante la cena. Llego a casa, acaricio el cabezón de Mowgli, me acomodo en mi sillón favorito, enciendo el ordenador y siento que los dedos vuelan sobre el teclado mientras se me van cerrando los ojos como a un bebé.

Merecía la pena romper el silencio por esto.

Nos vemos por aquí, queridos.

Sigo vivo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2025

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda