El conde de Montecristo


No soy de hacer listas ni de poner a competir libros, pero si tuviera que quedarme con unos cuantos que me han dejado tumbado, ahí estaría, sin duda, El conde de Montecristo. Mi recuerdo más antiguo sobre la historia de Edmundo Dantés debe de ser la mítica serie española de finales de los sesenta que vería en alguna reposición de niño, en blanco y negro. La versión ilustrada que atesoro en mi estantería llegaría a mis manos poco después (gracias otra vez a mis padres, por tantas cosas). La tengo en otras ediciones. Mi favorita es la de Debate, mil y pico de páginas en papel fino. Desde muy niño siento debilidad por los personajes oscuros y atormentados obligados por las circunstancias a embocar caminos muy distintos a los que deseaban. Michael Corleone también fue uno de esos tipos que se hicieron mis amigos enseguida. Tal vez por eso El Padrino, que vi por primera vez en una pantalla grande a los catorce años (la novela la leí a los once) es mi película favorita de siempre y El conde de Montecristo uno de los libros que más me ha emocionado. Queda mucho en mí, o al menos eso me gusta pensar, de ese niño solitario (solitario pero feliz) que se asomaba a una ventana mágica que lo ayudaba a entender el mundo y al mismo tiempo entenderse a sí mismo. 

Viene a cuento lo anterior porque hace poco he visto la nueva versión televisiva de El conde de Montecristo. No estaba seguro porque este mismo año también me zampé la última película sobre Edmundo Dantés y me gustó mucho  incluso con las licencias inevitables para adaptar un clásico a las audiencias de hoy. Casi tres horas que se me pasaron volando a pesar de conocer la novela como mi propia casa. Los mismos guionistas firmaron hace poco la última de Los tres mosqueteros y no he conseguido ver más que un rato, y eso que el otro clásico de Dumas también me gusta mucho, aunque menos que El conde de Montecristo. Eso sí, me quedo con Vincent Cassel en la piel de Athos. Por eso, además de por haber hecho madre a Monica Bellucci, deberían erigirle una estatua ecuestre junto al Arco del Triunfo. 

Al grano: merece mucho la pena la versión de Bille August sobre la novela de Dumas. La tenéis en RTVE play, se puede ver de forma gratuita. El británico Sam Claflin compone un Edmundo Dantés solvente. Jeremy Irons es el abate Faria. Os gustará. Yo, tras verla, vuelvo a pensar otra vez en ir a Marsella y plantarme en el castillo de If, esconderme tras la visita hasta que salga el último ferry y volver nadando hasta la costa. Y, ya puestos, alquilar un velero que me lleve hasta la isla de Montecristo. Os parecerá broma, pero lo pienso de verdad. Ya os lo dije antes: sigo siendo ese niño solitario y feliz asomado a una ventana mágica.

PS: la ilustración es un boceto, con el andamiaje (me gusta que se vea el proceso), a lápiz, de Sam Claflin / Edmundo Dantés.

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2025

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