Mis mujeres


El texto lo ilustra un dibujo de Mike Tyson (para los muy cafeteros: estilo línea continua, sin levantar el lápiz, todo en un trazo), pero esto va de mujeres. De las mías. He dicho las mías, sí. Si a alguien le molesta, que no malgaste su tiempo y deje de leer este post. Ayer fue un día complicado: una piedrecita traviesa inició su camino desde los riñones. Porque se había cansado de mí o para joder, quién sabe, qué importa la razón cuando es lo más parecido a que un sádico te clave un puñal en el costado y lo retuerza muy despacio. Pero esto iba de mujeres, decía: de la que vino a recogerme, sin dudarlo, cuando la llamé tan temprano para pedirle que me llevase al hospital, sin importarle la niebla, ignorando el color de los semáforos o encogiendo los hombros cuando algún peatón la insultaba por no detenerse en un paso de cebra. Yo no me habría atrevido ni a la mitad, pero ella  tiene los ovarios muy bien puestos. También va de las mujeres que me escribieron o me llamaron cuando puse algo en las redes de forma ambigua, como me gusta contar estas cosas. Quizá la condición de escritor lleve asociada cierta dosis de exhibicionismo, por paradójico que resulte, lo confieso, en alguien tan reservado como quien firma este post. Tal vez la ambigüedad sea una manera más o menos inútil de compensar esa contradicción.

También me llamaron y escribieron algunos amigos, y lo agradezco, pero esto va de mujeres, insisto. Porque desde muy jovencito la fortuna me ha regalado grandes amigas. Hay gente muy extraña y muy antipática que se enfada cuando le preguntan cómo se encuentra. Yo, con lo raro que soy para muchos asuntos, en esto soy de lo más convencional: me cuesta no emocionarme cuando alguien se interesa por mí. Y no puedo sino dar las gracias. Varias mujeres acudieron ayer a la batalla, sus mensajes me alegraban como a los colonos las trompetas del Séptimo de Caballería cuando los indios estaban a punto de cortarles las cabelleras. Con todas he tenido alguna clase de relación, de amistad o romántica, pero eso queda entre cada una de ellas y yo, por separado. Para determinadas cuestiones guardo silencio como si estuviera embalsamado en un sarcófago egipcio. Y cuando me cuidan las mujeres siento que no puede pasarme nada malo. Es una forma, otra más, de seguir siendo un niño. Y bendita sea.

No sé, decirlo públicamente me parece una manera bonita de dar las gracias. De dar las gracias a todas. Por mucho que alguien pueda interpretarlo de otra forma. Solucionar eso no me corresponde. 

Y, si habéis llegado hasta aquí, quizá sea porque queréis saber lo de Tyson. Hace muchos años vi en la tele a un anciano y espléndido Sean Connery, ataviado con el kilt a cuadros preceptivo para recoger un premio en su Edimburgo natal por toda su carrera. ¿Cómo se encuentra?, le preguntó un periodista. Me siento como si hubiera peleado quince asaltos con Mike Tyson, respondió. Hizo una pausa, sonrió y alzó una ceja de la forma que tantos hombres hemos intentado imitar sin conseguirlo (salvo Carlo Ancelotti) y añadió: “Pero gané”.

Pues eso, queridas. Así me siento hoy. Aunque siga intentando levantar la ceja (sin éxito, por supuesto) como el hombre que pudo reinar.

Gracias a todas. 

Y feliz 2026.

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