El chulo del barrio

Mi memoria es excelente. En realidad, es tan buena que a veces me gustaría olvidar muchas cosas. Pero no es infalible. Por tanto, perdonadme si desbarra un poco al recordar un diálogo que vi en 2004. Situémonos: primera temporada de El ala oeste de la Casa Blanca. El presidente Bartlet (Martin Sheen) monta en cólera cuando le informan de la muerte de su médico en un atentado terrorista. Haré lo imposible por castigar a los culpables, le espeta a Leo (John Spencer, que en paz descanse), su jefe de gabinete. Invadiré los países que haga falta. Un ciudadano romano, añade, para justificar su ira vengadora, era intocable en cualquier rincón del imperio. Hazlo, replica el fiel subordinado, sin achantarse. Hazlo y yo mismo me pondré al frente de un ejército y te derrotaré.

Ya que estamos, permitidme otro recurso de cinéfilo pesado: mi película favorita de John Ford es El hombre que mató a Liberty Valance. En realidad, es una de las mejores películas que he visto. En Anatomía de un instante (espléndido libro, por cierto), Javier Cercas se saca de la manga una hermosa metáfora inspirada en la película: el franquismo sólo lo podía finiquitar un hombre del régimen aun a riesgo de pagar un precio demasiado alto. Liberty Balance (Lee Marvin) es un pistolero a quienes todos temen. Pero un abogado idealista, Ransom Stoddar (James Stewart), recién llegado al pueblo de Shinbone, no está dispuesto a bajar la cabeza cuando el pistolero lo mira a los ojos. Tan idealista como inconsciente ―a menudo son sinónimos―, es incapaz de entender que no se puede enfrentar a Liberty Valance con sus modales y sus reglas de abogado recién llegado al Oeste. Será Tom Doniphon (John Wayne) quien liquide a Liberty Valance, aunque el abogado piense que lo ha matado él. Doniphon es un tipo tan duro como Valance, un hombre criado en la misma tierra y lo bastante lúcido para saber que sólo alguien como él puede acabar con el pistolero. La paradoja es que la prometida del héroe ―el héroe trágico― acaba casándose con el abogado. Pocos momentos tan tristes en un western como cuando John Wayne borracho prende fuego a la casa que estaba construyendo para vivir con su prometida. 

Si te he reventado el final, lo lamento. La película se rodó en 1962. Si no has visto esta obra maestra no es mi culpa. 

Viene a cuento lo anterior porque Donald Trump, con sus modales de chulo del barrio, me recuerda a Liberty Valance y no al presidente Bartlet, por desgracia. Y pararlo no le corresponde a la OTAN, no le corresponde a Europa (Europa hace mucho que ya no pinta nada). O quizá sí les corresponde pero no pueden porque todo parece resbalar al matón de la clase. Cuando escribo esto sus secuaces acaban de amenazar otra vez con tomar Groenlandia por las bravas y Francia, Alemania, Suecia y Noruega han anunciado que mandarán tropas a la isla que descubrió Erik el Rojo: qué romántica se antoja la Edad Media comparada con el siglo XXI. No es para tomarlo a broma, la verdad. Pero quiero pensar que antes de que esto se vaya de las manos algún mecanismo de contrapoder bajará los humos al pistolero y la gente acabará votando a un tipo menos peligroso. O echándolo, si nos ponemos utópicos. Pero la solución sólo puede llegar desde Estados Unidos: por decencia, por bochorno, por vergüenza ajena, por cansancio, por aburrimiento.

Yo qué sé.

 

Enero de 2026

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda