Diarios
Como odio los compromisos no suelo hacer regalos. Pero cuando los hago procuro que el significado sea bien hondo. Para qué si no. Eres un regalo, me dijo el otro día una mujer, qué bonito. No sé si lo dijo en serio, pero me gustó. A un buen amigo ―¿acaso hay otra forma de ser amigo?― le encanta el cuaderno que uso ahora, apergaminado, con tapas de cuero. Mañana cumple años y le he encargado uno. Como no me gusta dar consejos (tampoco que me los den si no los pido), le sugiero con amabilidad y respeto que lo aproveche. Escribe cualquier cosa que se te ocurra, le digo, sin preocuparte de nada salvo de no mentirte a ti mismo. Ama, llora, ríe, mata y ponlo ahí, por absurdo, ridículo, inverosímil, reprobable o ilegal que te parezca. Desahógate. Sin pensar que alguien podrá leerlo. Ser sincero contigo mismo resulta muy liberador. Si escribes pensando que alguien te mira no es lo mismo. Por contar esto le dieron el Nobel a Heisenberg. He escrito diarios desde que tengo uso de razón. En realidad, si lo pienso, no habré publicado más que una minúscula parte de lo que he escrito y casi todo es ficción. El más antiguo de los diarios que conservo tiene cuarenta y tres años, pero había muchos más. Se perdieron pero los recuerdo. Sólo con el tiempo he comprendido la importancia de escribir entonces, siendo tan niño. Escribir lo que me pasaba por la cabeza, lo que amaba, lo que soñaba, lo que me entristecía o me alegraba. Construir sin ser consciente una coraza para ocupar un espacio que a veces se me antojaba hostil, o que como mínimo era un lugar donde no sentía cómodo. Quizá se pueda colegir lo contrario por lo que cuento, pero fui un niño feliz. En buena medida, lo entiendo ahora, por lo que pasaba por mi cabeza.
Sigo empeñado en no traicionar a ese crío.
Febrero de 2026
Comentarios