Cosas viejas
Aunque parezca lo contrario, soy muy desordenado. La mesa de mi despacho está llena de cachivaches de papelería, notas que no recuerdo para qué escribí, cosas que sin ningún motivo me resisto a tirar o me olvido. En la mesa del salón se acumulan las torres de libros y en el armario de cuando en cuando aparece alguna camisa debajo de otra, o de otras, que ni siquiera recuerdo haber estrenado. Alguna vez me acuerdo de Marie Kondo y vuelta a empezar. Sísifo era feliz cada vez que empujaba la piedra, dicen. Sin embargo, el rincón donde practico yoga parece la habitación de un hotel lista para ser ocupada. Lo pienso tras doblarlo todo hoy al terminar de practicar y no sé la razón. De todos los objetos que tengo en esa habitación me gusta mucho la manta que uso para savasana. Para los profanos (un poco más profanos que yo, quiero decir), aclararé que es la postura del cadáver, la que se suele usar en la relajación final y que tal vez sea el mejor momento de la práctica. Conviene cubrirse para evitar resfriados. Algún dolor de garganta he pillado por hacerme el valiente y no usarla.
La manta, decía. Vieja, descolorida. Alguien me la trajo de muy lejos hace veintiún años. Me gustan los objetos con significado que permanecen conmigo, que me dicen algo, que me cuentan cosas. Me la echo por encima, cierro los ojos, respiro y soy tan feliz como si estuviera volando sentando encima de ella. Igual lo pruebo algún día. Más raro fue aquel verano que no paró de nevar, cantó Sabina. Basta con poco, en realidad: una manta vieja, un poco de aire fresco y tras la ducha unos vaqueros y una camisa a ser posible viejos también. Al reflexionar sobre esto he recordado el párrafo de una novela que alguien a quien conozco cada vez mejor escribió hace también veintiún años. No es casualidad, me temo, relacionarlo. Cosas que me reservo. Lo he encontrado enseguida. Esta memoria mía y a veces contra mí, reza un hermoso poema. Os lo copio. A los más cafeteros, quizá, os resulte familiar: “Al final, por mucha ropa que tengas, por mucha gente que conozcas o por muchos libros que adornen tu estantería, acabas dándote cuenta, con cierto alivio, de que siempre recurres a las mismas camisas y a los mismos pantalones que te hacen sentir más cómodo, de que, a la hora de la verdad, cuando tienes algún problema o alguna alegría que compartir, terminas marcando el mismo número o yendo a buscar sólo a dos o tres personas en las que confías ―quien tenga la suerte de confiar en dos o tres personas― y, aunque hayas leído cientos de libros, todo lo que hace falta aprender se encuentra en sólo media docena de ellos. Tarde o temprano uno se da cuenta o acaba reconociendo esas cosas, y antes o después se alegra porque comprende que la vida es mucho más sencilla así.”
Pues eso.
Abril de 2026
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