En buena compañía

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Como apuntaría mi apreciado Víctor, voy de narco colombiano. El calor aprieta en el sur, vaya que sí. Hoy toca comer, y beber buen vino, con dos amigos muy queridos. Mañana, otro amigo de los buenos ―¿acaso hay otra forma de ser amigo?― me ha invitado a cenar en su casa, en ese jardín pequeño y coqueto que parece la antesala del paraíso. No está mal para una semana empeñada en convertir mi agenda en un campo de minas. Menos mal que a veces la vida, después de empujarte hacia la cuneta, tiene la delicadeza de ofrecerte un banco a la sombra. Además, he conseguido levantar veintiséis páginas en dos capítulos de una nueva novela. Qué curioso, qué paradójico, que mientras la puñetera vida se empeña en tirar tabiques la ficción siga construyendo habitaciones. Llevaba tiempo sin trabajar en largo, quizá demasiado, pero al volver a remangarme ha regresado esa sensación impagable que sólo aparece al escribir novelas: la obligación deliciosa de sentarte a jugar a imaginemos, a pesar del caos...

El terco juntaletras


Este cuaderno ha durado menos que otros. Porque escribo mucho, claro. Valga como respuesta a ciertos idiotas que me preguntan si sigo escribiendo. ¿Sigues respirando? ¿Sigues comiendo, viviendo? ¿Follando? ¿Sigues diciendo tonterías? Suelo pensarlo mientras callo y sonrío. A veces no sonrío. Escribir forma parte de mí. Mi manera de estar en el mundo, si me pongo exquisito. Pero no me gusta ponerme exquisito. Prefiero arremangarme cuando escribo y contar lo que me dé la gana. Tiene su parte buena cuando se mira con perspectiva una carrera larga y su parte mala cuando los editores han de hacer cuentas. Lo segundo no me preocupa pero lo respeto. Lo primero tampoco me preocupa pero me gusta. 

Esta mañana llego a la página 400 de esta suerte de diario, notas, reflexiones, apuntes, y recuerdos de buenos ratos (también malos). Lo empecé hace menos de siete meses. Hoy mismo, o quizá mañana, empezaré otro. Ya no caben más cuadernos de estos en la estantería. A menudo pienso que sería bonito publicarlos, que muchos los disfrutarían. Al cabo, a todos nos gusta mirar por el ojo de una cerradura. Tengo guardada una nueva colección de cuentos que me encanta y espero publicar, aunque el mercado pida lo contrario, en una edición bonita y con garantías suficientes de que llegue a los lectores. Me importa un rábano el mercado. O lo tengo presente pero me importa mucho menos que escribir lo que me salga de las narices. O de donde podáis imaginar que me sale. Sí, de ahí mismo. Ya voy teniendo bastantes canas en la barba para decir lo que pienso. Y hay otra colección de relatos empezada. De hecho, sólo me falta corregir la primera de esas nuevas historias. Igual me pongo ahora, cuando termine esto. Y quiero empezar pronto, aunque la vida apriete por varios costados (siempre ha sido así, vaya) una novela que me revolotea en la cabeza desde hace tiempo. Si se lo cuento a mi agente me dirá que haga lo que quiera, pero que si escribo una historia de intriga ambientada en el pasado le resultará mucho más fácil vendérsela a un editor. Por eso no se lo cuento. Prefiero seguir el camino que señala mi brújula de terco juntaletras.

Puede estar atrofiada, pero es la mía. 

  

Mayo de 2026

 

 

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