Los huevos de Reagan

Tenía dieciséis veranos y, como dice Steven Seagal en el hermoso prólogo de Por encima de la ley, todavía no se me habían abierto los ojos del todo. Hasta de la película menos apropiada se pueden extraer lecciones interesantes. Es lo bueno de no tener prejuicios. Y de que a la edad que tenía cuando estrenaron la primera de Steven Seagal me gustasen las películas de Steven Seagal.
Dieciséis veranos, digo. Centro comercial en algún lugar cerca de la frontera de Estados Unidos y Canadá. Un amigo español que también estaba de intercambio vio una figura de cartón de Ronald Reagan a tamaño natural como reclamo en una tienda y pidió permiso para retratarse agarrándolo por los huevos mientras le ponía los cuernos con la otra mano. El encargado se encogió de hombros, indiferente. 
—Este es en un país libre. Muy pocos años después, todavía muy joven y con los ojos todavía semicerrados, quién sabe si como ahora, vi una manifestación multitudinaria de mujeres que defendían el derecho al aborto por las calles de Nueva York. Gritaban “Two more weeks” (Bill Clinton ganaría sus primeras elecciones en pocos días) y al otro lado de las vallas las miraban con parsimonia estoica quienes pensaban exactamente lo contrario.
Estados Unidos también ha terminado apuntándose al carro de la polarización. Es una lástima. Todavía peor me parece que en España ni siquiera hayamos llegado a vivir ese momento anterior. Aquí llevamos demasiado tiempo convencidos de que discrepar consiste en odiar. Se avizora la llegada de la derecha y algunos parecen temerla como si los tanques fueran a rodar al día siguiente por la Carrera de San Jerónimo. No es muy diferente mirar desde la otra orilla a Pedro Sánchez como un demonio, con su rabo y sus cuernos (no busquéis dobles sentidos a la metáfora, no es el caso), el origen de todos los males de España.
No es nuevo esto. En realidad, es lo de siempre.
Era un niño cuando llegó a casa una carta pidiendo el voto para UCD. Advertía que, si ganaba Felipe González, el país se despeñaría por un barranco del que nunca saldríamos. El PSOE ganó y España siguió siendo España. Muchos años después parecía que Podemos acabaría con la democracia. Ahora otros anuncian poco menos que el Apocalipsis si consiguen gobernar el Partido Popular y Vox.
Lo tengo crudo: no me fío de Pedro Sánchez, Feijóo no parece saber dónde está y los extremos me provocan bostezos. Quizá deba empadronarme en Marte. Soy consciente de que mi forma de pensar tiene un inconveniente: desde las trincheras siempre parece sospechosa. Pero también tiene una ventaja, creo: el horizonte se ve mucho mejor desde fuera. También he aprendido que las etiquetas políticas se han convertido en un insulto comodín. A veces me llaman rojo. Otras veces, facha. Depende del artículo que lean. O del que decidan rescatar para demostrar que llevo toda la vida pensando exactamente lo contrario de lo que acabo de escribir. En cierta ocasión, una mujer que descubrió que no todos los varones heterosexuales nos acostamos con la primera que se nos ponga por delante me llamó ultraderechista. Las preferencias sentimentales también tienen ideología, parece. También el despecho.
Da lo mismo. Al cabo, las etiquetas adjudicadas a la ligera suelen decir más de quienes te las colocan que de ti mismo. La vida sería muy aburrida si todos pensáramos igual, pero echo de menos aquella vieja fotografía de Ronald Reagan. Poder agarrarle los huevos a la figura de cartón de un político sin que nadie sienta la obligación de defenderlo como si hubieras insultado a su padre. 

 Junio de 2026
 

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