Correr


Soy capaz de pasarme horas sobre un tatami practicando karate, otro tanto me ocurre con el yoga, el tiempo se me escapa caminando y disfruto pedaleando por el campo o sobre una bici estática, pero odio correr. Me ha pasado siempre, pero como envidio a quienes les basta enfundarse unas zapatillas y tirar kilómetros para disfrutar, de cuando en cuando me digo que he de encontrar el modo de divertirme. Tanta gente no puede estar equivocada, creo. Llevo muchos años con esa lucha, sin rendirme. La semana pasada volví a intentarlo en la vieja cinta de trotar que regalé a mis padres hace diecinueve años. Ellos ya no pueden usarla y yo, por alguna razón, acostumbro a elegir el camino más difícil. Si fuera fácil no tendría mérito, me gusta decir. Es como cuando alguien me advierte que algo no es para mí y respondo “¡¿Cómo que no?!”. Más de una novela empezó así. También algunas de las historias más bonitas de mi vida (esas, de momento, me las quedo): alzando una ceja, con aplomo o fingiéndolo, y contestando, a ella o para mis adentros, “¡¿Cómo que no?!”.

Y ahora, si me disculpáis... 

          Me voy a correr.        
        
        Julio de 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda