Despistado sin genio


 

Sostener que uno es un genio despistado tiene prestigio. Queda elegante, incluso romántico, imaginar a un sabio caminando con el pelo revuelto mientras resuelve los misterios del universo y se olvida de dónde ha dejado las llaves. Ya me gustaría, aunque no pasee por una avenida jalonada de tilos (ay, esos aficionados a la filosofía), peropertenezco a otra categoría bastante menos glamurosa, lamento decepcionarios: la del idiota despistado. Lo del pelo revuelto no tiene arreglo, me temo.

Los lectores pata negra quizá recordarán que el verano pasado me dejé un brasero encendido durante varios días. Ya veis: los científicos dejándose los sesos para explicar del calentamiento global la explicación estaba en mi casa. Menos mal que alguien señaló el brasero con una mezcla de estupor y compasión. De no haberlo descubierto quizá yo me habría ahorrado docenas de problemas y vosotros un año de lecturas.

Si sumara todas las horas que he dedicado a buscar gafas, llaves, papeles, tarjetas y toda esa fauna de objetos que desaparecen para reaparecer donde ya los había buscado, probablemente habría escrito la Enciclopedia Galáctica. Los lectores de Asimov sabrán de qué hablo. Los que todavía no hayan tenido ese placer aún están a tiempo. Los envidio.

Salgo esta mañana del aparcamiento camino del bar donde suelo desayunar y por el camino me encuentro al vendedor de cupones. Mantengo la ilusión legítima de que hacerme millonario aliviará un poco la penuria que me espera.

Le pago al cuponero y, al llevarme la mano al bolsillo, me doy cuenta de que la tarjeta sanitaria de mi madre ha desaparecido. Y tengo que llevarme algunos medicamentos de la farmacia. Vuelvo al coche. Lo registro entero. Buceo entre telarañas, pero nada. Lo peor es recordar haberla cogido antes de salir. Busco otra vez, debajo de los asientos, en la guantera, entre los papeles, en el maletero y por supuesto debajo del coche. Varias veces. Si alguien pasó por allí y me vio haciendo flexiones sobre el asfalto tan caliente que parecía la antesala del infiernojuro que no intentaba lucir mi buena forma física, qué va: intentabaconvencer a una tarjeta sanitaria de que abandonara su escondite.

Pero no hay manera. Me rindo, a regañadientes (odio bajar los brazos) y me voy al bar. El problema es quedesayunar cuando estás enfadado contigo mismo es una actividad bastante sobrevalorada. El café sabe menos a café y la tostada adquiere un ligero sabor a incompetencia.

Llevo dentro un juez implacable que no admite errores. Me exige más de lo que exigiría a cualquier otro. Gracias a eso procuro hacer bien las cosas. También me siento sometido a un juicio sumarísimo por la menortontería.

Al salir del bar me cruzo otra vez con el vendedor de cupones.

—¿Apareció?

Niego con la cabeza.

Sigo caminando. Ya sin prisa, casi resignado. Antes dije que me rendí, pero mentía. Quienes me conocéis lo sabéis. Vuelvo a tumbarme junto al coche. Y aquí está. La puñetera tarjeta.

Tirado en el suelo me acuerdo de una historia del célebre monje vietnamita Thích Nhất Hanh: un amigo suyo buscaba desesperadamente un objeto. Miró una y otra vez sin encontrarlo. Sólo cuando dejó de perseguirlo con ansiedad y se serenó apareció. En realidad, sostenía el monje, aquel hombre no estaba buscando un objeto. Se estaba buscando a sí mismo.

Voy a la farmacia, pero hay tanta gente que prefierodejarlo para otro día. 

Quizás el monje tenía razón. 

La farmacia puede esperar hasta mañana.

Lo de no comportarme como un idiota despistado será más complicado.

 

 

Julio de 2026

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