Fútbol
Las finales se repiten mientras las hojas del calendario se despegan como si un silencioso árbitro implacable me fuera descontando páginas de la vida. Van cambiando las circunstancias en cada final (las mías, digo), pero otras se mantienen. En 2010 andaba en los últimos coletazos de la promoción de una novela por la que me conocieron muchos lectores, ya tenía buena parte de otra pergeñada entre aeropuertos y estaciones y todavía no sabía quién era Shakira. No soy futbolero pero, si las circunstancias no lo impiden (y quién sabe si no, tal y como está el panorama) veré la final el domingo. Hace dieciséis años conduje un montón de kilómetros por una carretera con demasiado tráfico dominical para ver el partido con la familia. Dos años antes conduje en otra dirección pero también con mucho tráfico de domingo para ver la final de la Eurocopa en casa de unos amigos. En 2012, tras ponerme en carretera otra vez, me quedé dormido durante el partido y cuando desperté España le había colado cuatro goles a Italia.
Dieciséis años son demasiados como para que la vida no haya dado suficientes vueltas, pero me sentaré a ver el partido el domingo, sin conducir muy lejos esta vez (igual me pongo a hacer otra cosa hasta los minutos finales, como casi siempre, porque es cuando suelo entretenerme si el partido está igualado); estoy empezando una nueva novela, pero ya no escribo en aeropuertos ni estaciones, porque viajo menos y porque como cada año me vuelvo un poco más huraño prefiero el coche; Shakira se divorció de Piqué pero sigo sin conocer ni una sola de sus canciones.
Las finales cambian.
Nosotros también.
Lo importante quizá sea seguir reconociendo al tipo sentado frente al televisor.
Julio de 2026
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