La gran evasión

Teníamos que haber escapado por el túnel, pero cuando los guardias del Stalag Luft III nos descubrieron tocó improvisar y encontramos las motos. Y, también, todo hay que decirlo: este tipo es un rebelde y quería una fuga a su estilo. No me quejo. De qué serviría, además, si sería capaz de seguirlo hasta el fin del mundo, sobre todo en moto. Ya hemos dejado atrás a una patrulla que nos perseguía, pero de seguir así acabaremos rompiéndonos la crisma. Al menos yo, porque él esta loco de atar: salta las alambradas como si le hubieran puesto un cohete en el tubo de escape. Igual habría sido mejor arrastrar la barriga por el túnel, como todos. O como casi todos, porque James Garner, cuando aún le faltaban décadas para rodar esa tontería lacrimógena titulada El diario de Noah, tuvo el cuajo de robar un avión y llevarse de copiloto al cegato Donald Pleasence.

Pero nada, aquí estamos, sorteando baches hasta que se nos acabe la gasolina y nos lleven de vuelta al campo. Lo mismo hasta nos fusilan. Pero qué digo, otra vez estoy desvariando. Me fusilarán a mí. Este fulano al que sigo con confianza suicida tiene una flor en el culo. Como mucho lo meterán otra vez en la nevera y se llevará una temporada con la pelotita y el guante. 

Y a mí ni siquiera me gusta el béisbol.


Julio de 2026


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